El discurso duró menos de siete minutos. Suficientes para corroborar varias cosas. Primero, lo que ya se sabe, que a Javier Milei le cuesta muchísimo leer (mucho más si es de “madrugada”). Segundo, que su nivel de cipayismo en sangre es de lo más elevado. Tercero, que su reivindicación de las Fuerzas Armadas genocidas ni siquiera le permite distinguir el nivel de cobardía y sumisión al imperialismo evidenciado por los altos mandos militares que condujeron aquella derrota en el sur argentino.
El acto se hizo en la Plaza San Martín del barrio porteño de Retiro, frente al cenotafio dedicado a los caídos en el conflicto bélico iniciado el 2 de abril de 1982. Allí el Presidente reunió a un grupo de funcionarios (menos la vicepresidenta Victoria Villarruel) y delegaciones de las Fuerzas Armadas, incluyendo algunos retirados que cumplieron funciones en la guerra.
Dato de color. Cuando Milei terminó su discurso (precedido a su vez de algunos gestos protocolares), se entonaron las estrofas de la Marcha de las Malvinas . Fue gracioso ver cómo los encargados de la transmisión oficial se esforzaban por mostrar lo menos posible al Gabinete. Lo poco que llega a verse demuestra que casi ninguno se sabe la letra.
Vale decir que el homenaje a los caídos se realizó apenas horas antes de que el mismo presidente y su ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, viajen de imprevisto (no estaba en agenda) a Estados Unidos a reunirse con Donald Trump en medio de las negociaciones de un nuevo acuerdo con el FMI y las complicaciones económico-financieras por las que atraviesa el gobierno argentino.
A los “patriotas” de La Libertad Avanza les sale mucho mejor rendirle pleitesía al imperialismo yanqui (aliado de Inglaterra en la guerra e impulsor de las dictaduras latinoamericanas) para que ayude a conseguir más endeudamiento y sumisión que cualquier definición, aunque más no sea simbólica, de defensa de los intereses nacionales.
Es más, antes de tomar el avión rumbo a Miami, Milei y Caputo recibieron en la Casa Rosada al presidente del Banco Mundial, Ajay Banga. Fuentes oficiales dijeron que se trataba de “una reunión clave” para poder avanzar con ese organismo en la obtención de otro préstamo multimillonario, endeudando aún más al país.
Cipayismo libertariano
De las palabras presidenciales, de redacción simple y lectura paupérrima, sólo resultan significativos un par de conceptos. Por un lado, una alusión formal y genérica de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, lo que según su visión no es incompatible con la presencia (desde hace casi dos siglos) de colonos ingleses en esas tierras. Por otro lado, una reivindicación de los mandos que en 1982 condujeron las acciones en las islas, militares cobardes y cipayos que llevaban años ejecutando un genocidio en el país y que, incluso, en el mismo conflicto bélico torturaron a sus propios soldados.
Milei dijo que “durante las últimas décadas nuestra demanda soberana por las islas fue damnificada de forma directa e indirecta por las decisiones económicas, diplomáticas y militares de la casta política”. No dio nombres, pero se supone que eso incluye a su ídolo Carlos Menem, continuador del proceso de “desmalvinización” inaugurado por Alfonsín y mentor de las “relaciones carnales” con imperialismos como el inglés y el estadounidense.
Curiosamente agregó que “nadie puede tomar en serio el reclamo de una nación cuya dirigencia es reconocida en el mundo por corrupción e incompetencia”. Tal vez su megalomanía le esté impidiendo registrar que el último capítulo teñido de corrupción lo está protagonizando él mismo, con la megaestafa internacional de la memecoin $Libra , sin cuya promoción directa nunca se podría haber concretado.
En un acto de cipayismo pocas veces escuchado, Milei se cuidó de decir palabras como “Inglaterra”, “Gran Bretaña”, “ingleses”, “Margaret Thatcher” o “kelpers”. En su lugar usó eufemismos como “manos extranjeras” y “malvinenses”. Y por si fuera poco, sentenció que la recuperación de las Malvinas depende de la hipotética buena voluntad de los colonos británicos que las ocupan desde 1833.
“El voto más importante de todos es el que se hace con los pies, anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies a nosotros”, afirmó. Y agregó que para eso Argentina debería lograr “ser una potencia a punto tal de que ellos quieran ser argentinos y que no haga falta usar el convencimiento o la disuasión para lograrlo”. Tragicómico.
Mentiras
Pese a ser una fecha específicamente referenciada con la confrontación bélica en las Islas, Milei casi no hizo referencia a las circunstancias en las que se desarrolló la guerra ni mucho menos de sus consecuencias políticas y sociales. Ni siquiera recordó que la derrota ante las tropas de Thatcher (de quien llegó a declararse “admirador”) provocó el derrumbe de las propias Fuerzas Armadas, acelerando el fin de la dictadura cívico-militar-eclesiástica.
Por el contrario, volvió a reivindicar sin pruritos a los militares que condujeron la dictadura y la guerra. Para él, tras la derrota en Malvinas, las Fuerzas Armadas fueron injustamente “demonizadas” y “desarmadas”. Por eso agregó que, para “levantarnos como país en todo sentido, tanto material como espiritualmente”, hay que “dignificar” a las Fuerzas Armadas “mediante las inversiones necesarias”.
El Presidente leyó: “Para nosotros las Fuerzas Armadas son motivo de orgullo y hemos dado por terminado el tiempo en que eran menospreciadas. Prueba de ello es que el 9 de Julio del año pasado, por primera vez, más de dos mil de nuestros veteranos encabezaron el desfile militar del acto del Día de la Independencia, ante una multitud orgullosa y agradecida por su accionar en defensa de la Patria”.
Fiel a su método de gestión, Milei no para de mentir. Aquel desfile, como se escribió en esta crónica de ese mismo día, lejos de ser seguido por una “multitud orgullosa y agradecida” tuvo más uniformados que público (que era, mayoritariamente, de la propia “familia militar”). Apenas la concurrencia alcanzaba a cubrir la superficie de las vallas de la Avenida Libertador. Incluso el rating de esa Cadena Nacional fue pobrísimo. Sólo queda en el recuerdo el momento en el que, junto a Villarruel, montaron un tanque de guerra como dos niños chochos en un parque de diversiones.
El acto de Milei y sus amigos está demasiado lejos de un verdadero reconocimiento y reivindicación a los cientos de soldados, en su enorme mayoría jóvenes colimbas con escasa preparación, hambreados y muertos de frío, que sí dieron su vida en el campo de batalla contra el colonialismo inglés.
Otra mentira, más profunda, es la que lanza Milei al afirmar que se ha dado “por terminado el tiempo” en que las bandas de criminales uniformados “eran menospreciadas”. Hace poco más de una semana él mismo vio por televisión cómo cientos de miles llenamos las calles en todo el país para recordarle al Gobierno que la Memoria, la Verdad y la Justicia no se negocian y que los negacionistas no podrán nunca ocultar que son 30.000 y fue genocidio.
Más allás de las bravatas de Milei y su comparsa, todos los partidos que gobernaron desde 1983, defensores del capitalismo más allá de sus diferencias, intentaron de las maneras más variadas “reconciliar” a las mayorías trabajadoras y los sectores populares con las Fuerzas Armadas. O sea, facilitar el camino para futuras represiones.
Porque, como lo demostraron antes, durante y después de la dictadura; y como también lo dejaron en evidencia durante la guerra; las Fuerzas Armadas operan como pilar del Estado capitalista, estrechamente atado a los designios de las potencias imperialistas. Ante situaciones de crisis social aguda, los militares (junto a las policías y demás organismos de “seguridad”) son la herramienta con la que el empresariado y las clases dominantes buscarán aniquilar toda rebelión popular. Ése hicieron en todos los golpes del Siglo XX y en Malvinas. (LID) Por
Daniel Satur
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