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El recorrido político de Pino Solanas, el cineasta militante

Los distintos armados en los que participó y fue protagonista Pino Solanas siguen el derrotero de una corriente centroizquierdista, que buscó una identidad propia, no del siempre lograda, tratando de establecer lazos entre las corrientes de izquierda del peronismo y la progresía de las clases medias urbanas. Seguramente pocas figuras en nuestro país han tenido la virtud de una identidad tan clara entre una obra artística y los armados políticos.

10 de noviembre

Desde La Hora de los Hornos -donde se reflejan las luchas previas al período abierto con el Cordobazo- hasta la célebre entrevista a Perón para la “actualización doctrinaria”, su producción como cineasta implica la convergencia del arte con un proyecto político reformista, que planteaba la liberación nacional de la mano de sectores de la burguesía nativa.

Mucho más acá en el tiempo, vuelto de un exilio al que lo empujó la Triple A de Isabel y López Rega, acompañó el camino de Menem a la presidencia de la Nación. Figura de la que se desencantó, junto a sectores menores del peronismo, cuando el riojano tomó un curso abiertamente neoliberal, de la mano de la incorporación del programa de los liberales de la Ucedé. Pino volvió a lograr una importante repercusión cuando denunció el vaciamiento y la corrupción dentro de YPF. Ésta sería la principal hipótesis del criminal atentado que sufrió en 1991.

Su primera expresión partidaria fue el llamado Frente del Sur, donde convergió con las principales corrientes stalinistas, como el PC y el PCR, junto a sectores de la intelectualidad, el arte y la cultura. Con ese espacio, en las elecciones de 1992 logró el 7,5% de los votos para senador nacional por la Capital Federal. Este armado confluyó con el grupo de Chacho Álvarez para la conformación del Frente Grande, junto al grupo de los 8 proveniente del PJ, el PC, el Partido Intransigente y la Democracia Cristiana.

Junto al Frente Grande participó de dos elecciones: la legislativa de 1993, donde logró ser electo diputado nacional por la provincia de Buenos Aires, con el 4,2% de los votos. Al año siguiente, participó de la convención constituyente. El Frente Grande logró el 13% de los votos a nivel nacional destacándose la elección en los triunfos en Capital Federal y Neuquén, el segundo lugar en la provincia de Buenos Aires y un bloque de 31 convencionales. En esa constituyente, el Frente Grande firmó, con la excepción del obispo neuquino, Jaime de Nevares, el “núcleo de coincidencias básicas” que había sido acordado en el Pacto de Olivos por Alfonsín y Menem. Fue una convención constituyente totalmente amañada, con el único interés de garantizar la reelección del riojano para que continuara la avanzada neoliberal desde el Poder Ejecutivo y consolidar las transformaciones regresivas creadas, década y media antes, por el régimen genocida. La parte dogmática de la constitución de 1853/60, se mantuvo intacta.

Pino continuó siendo diputado nacional hasta 1997, pero alejado del Frente Grande cuando Chacho Álvarez buscó aprovechar el éxito electoral conformando una alianza con José Bordón, un caudillo del peronismo conservador de Mendoza. Esa deriva fue la que terminó en la Alianza y la presidencia de De la Rúa.

Ya después del 2001, Pino entregó otra de sus grandes obras: Memoria del Saqueo. Allí da pie a demostrar el verdadero saqueo que sufrió nuestro país por la expoliación de las clases dominantes, durante 25 años, desde el golpe del 76 a diciembre de 2001. Nuevas generaciones pudieron descubrir a un gran documentalista.

A partir de allí, realizó otra serie de documentales que funcionaron como ejes de su nuevo proyecto político, basado en la denuncia del extractivismo y la necesidad de grandes empresas estatales para brindar los servicios públicos, que seguían (y siguen) en manos de empresas privadas, muchas veces ligadas a monopolios imperialistas. Sin embargo, estas ideas no denunciaban que las viejas empresas estatales, lejos de estar al servicio de las necesidades de las mayorías obreras y populares, habían funcionado como resortes de los negocios del gran empresariado. Un mecanismo que había terminado en su vaciamiento y posterior privatización.

A mediados de la primera década de este siglo Proyecto Sur -tal cómo se llamaba su nuevo armado- despertó el entusiasmo de corrientes centroizquierdistas que no encontraban lugar en el kirchnerismo, como el PCR o Libres del Sur. Los primeros éxitos electorales también fueron un llamado para el MST, quién se integró plenamente a Proyecto Sur y quería plantar un “Pino en la rosada”.

Aunque su objetivo “realista” fue ganar las elecciones de Jefe de Gobierno en la Ciudad de Buenos Aires, distrito donde llegó a salir segundo con el 25% de los votos. Para afianzar esas ideas de gobernabilidad e intentando mostrarse confiable, cuando estaba a punto de asumir su banca de diputado en 2009, llegó a decirle al oligárquico diario La Nación “vamos a afianzar y a defender la continuidad republicana a ultranza”.

En Proyecto Sur se combinaban elementos claramente contradictorios. Por un lado, una correcta denuncia al extractivismo y una oposición a la mega minería contaminante, que tuvo la virtud de popularizar la consigna nacida en Esquel, de “El agua vale más que el oro”. Por otro, el apoyo a los reclamos de la Mesa de Enlace, que profundizaron un modelo de sojización. Eduardo Buzzi, líder de la Federación Agraria durante el conflicto por la resolución 125, afirmó que Pino era “claramente un referente del sector”.

Otro elemento contradictorio aparecía en cuanto a la política internacional. El apoyo incondicional que profesaba Pino a la figura de Hugo Chávez se contraponía al armado de UNEN, a partir de 2013, con partidos que bancaban a los “escuálidos” de la derecha venezolana, como el Partido Socialista de Binner, la Coalición Cívica de Carrió y la UCR.

Este frente fue el que le permitió ganar la banca de senador nacional por la Ciudad de Buenos Aires en aquellas elecciones de 2013. Con las elecciones de 2015 definió no participar, mientras que los accionistas mayoritarios de UNEN, ingresaron a Cambiemos y fueron el apoyo para que Macri ganara la presidencia en esas elecciones.

Su relación con el kirchnerismo fue mayormente opositora, aunque supo reivindicar algunas de las posiciones con respecto a Latinoamérica y el ALCA. Realizó fuertes cuestionamientos a la prórroga de las concesiones petroleras y llegó a colocar a Néstor Kirchner junto a Carlos Menem “en la vitrina de los grandes traidores a la patria”.

Sus últimos años dentro de la política estuvieron signados por utilizar su banca en el Senado para la denuncia de las cuestiones medioambientales. También fue protagonista de un recordado discurso en ocasión del tratamiento de la Ley de Aborto, el suyo fue, quizás, el más celebrado por las millones de mujeres movilizadas y que apoyaban el proyecto en esa sesión.

Durante el periodo de Macri se definió como “auténticamente peronista” e intentó realizar un nuevo armado, esta vez con Gustavo Vera y sectores “disidentes del peronismo”. El éxito de su intervención en el Senado y el fuerte rechazo social a las políticas de Macri lo empujaron a ser parte del armado general que confluyó en el Frente de Todos. Algo que terminó en ocupar la cabeza de la lista de diputados nacionales por la Ciudad de Buenos Aires. No asumió su banca y se instaló en París como embajador de Argentina en la UNESCO. El último rebrote de covid-19 en ese país europeo lo contagió y terminó con su vida a los 84 años.

Sus ideas políticas tuvieron el límite insalvable de no poner toda su confianza en la clase trabajadora, como única clase capaz de acaudillar a la nación oprimida y poder terminar con la dominación imperialista y el saqueo de nuestros recursos naturales. Ir a la sombra de algún sector burgués, de acuerdo a como se coloque en relación al gobierno de turno, es un camino sin salida. (LID) Por Guillermo Torrent

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