En la entrega anterior te contamos sobre las condiciones vida y trabajo de la clase obrera norteamericana en el siglo XIX. Y también dijimos que la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), agrupando a sindicalistas, anarquistas y socialistas; ayudó en la organización sindical y política de los trabajadores de diversas nacionalidades residentes en los Estados Unidos.
A fines del siglo XIX se consolidaron importantes organizaciones obreras, una de ellas era la AFL (American Federation of Labor) y otra muy importante eran los Caballeros del Trabajo, de gran extensión nacional. Mientras tanto el gobierno tomaba nota del malestar en las clases trabajadoras y en algunos Estados comenzaron a otorgar la jornada de 8 hs pero solo para los empleados de la administración pública. En algunas fábricas se comenzó a limitar la jornada laboral hasta 10 hs para mujeres y niños. Pero el movimiento por las 8 hs ganaba terreno y se expresaba en asambleas y en la prensa de izquierda (socialista y anarquista).
Sin embargo, la inexistencia de un partido propio de la clase trabajadora instaló, en algunos dirigentes sindicales, una lógica de presión sobre algunos funcionarios de los dos grandes partidos burgueses (Demócrata y Republicano), sobre todo de aquellos que decían “defender” a la clase obrera. Pero la traición de esos partidos estaba a la orden del día y la “defensa” de los trabajadores pronto quedaba en el olvido.
La previa
En el IV Congreso de la AFL, realizado en noviembre de 1884, un dirigente llamado Foster, propuso una resolución: los trabajadores tenían que dejar de presionar a los diputados de los partidos burgueses y debían pasar a la ofensiva, presionando directamente a las patronales. La propuesta fue apoyada por otro dirigente llamado Edmonston. Para ello, propuso que a partir del 1º de mayo de 1886 la jornada de trabajo se fijaría en 8 hs y todas las organizaciones obreras debían prepararse para luchar por esa demanda. Por su parte, todas las patronales tendrían tiempo suficiente para hacerla efectiva y preparar los nuevos contratos. En la caldera de la lucha de clases se iba cocinando a fuego lento el movimiento por la jornada de 8 horas, sin reducción salarial.
Maurice Dommanget, en su “Historia del primero de mayo” explica porqué fue elegida esa fecha: “el 1º de mayo ha sido elegido porque esta fecha correspondía en América del Norte en las prácticas de las transacciones económicas y de los compromisos de trabajo al San Juan de las campiñas meridionales francesas, al San Martín de ciertas regiones, a la Navidad en otras. Tales feriados, en particular San Juan, señalan, como se sabe, el comienzo del año de trabajo para la contratación de servicios”.
¿Qué pasó el 1º de mayo?
Hacia 1886, la AIT contaba con 5 mil afiliados en Chicago y había al menos cinco periódicos -anarquistas y socialistas- que se publicaban en diferentes idiomas, para entablar el diálogo con los diferentes colectivos de inmigrantes que llegaban desde el viejo continente. Esa influencia de izquierda, se vio reflejada en la actividad de la Central Labor Union (Sindicato Central Obrero), que reunía a veinticinco sindicatos que organizaban huelgas y manifestaciones. Así, el movimiento obrero iba realizando su “gimnasia” práctica en el enfrentamiento con la policía, los esquiroles (carneros) y el Estado.
En 1885, en Nueva York, un taller de ebanistas ya había pasado a trabajar bajo el régimen de las 8 hs. En algunas fábricas, las patronales establecieron la jornada máxima de 10 hs. Pero a medida que se acercaba el 1º de mayo de 1886 estalló un movimiento de huelgas muy duras durante el mes de abril.
Cerca de 32 mil obreros obtuvieron la jornada de 8 hs en el mes de abril especialmente los que se vieron beneficiados en forma inmediata fueron los mineros de Virginia. La situación escaló a niveles de alta tensión que el presidente Cleveland solicitó al Congreso que discuta las relaciones entre capital y trabajo.
Howard Zinn en su obra “La otra historia de los Estados Unidos de América” reconstruye qué pasó el 1º de mayo en los EEUU aportando los siguientes datos y dice que hubo: “350.000 trabajadores de 11.562 establecimientos de todo el país fueron a la huelga. En Detroit, marcharon 11.000 trabajadores en una manifestación que duró ocho horas. En Nueva York, 25.000 trabajadores formaron una procesión de antorchas a lo largo de Broadway. En Chicago, 40.000 trabajadores hicieron huelga y a otros 45.000 se les concedió una jornada más corta para impedir que fuesen a la huelga. En Chicago se pararon todos los ferrocarriles, se paralizaron la mayoría de las industrias y se cerraron los corrales de ganado”.
Por su parte Maurice Dommanget en su “Historia del primero de mayo” señala que: “Hubo casi 5.000 huelgas y alrededor de 340.000 huelguistas. En Nueva York se pronunciaron en los diversos mitines discursos en inglés y en alemán. Los obreros fabricantes de pianos, los ebanistas, los barnizadores y los obreros de la construcción conquistaron las ocho horas sobre la base del mismo salario. Los panaderos y cerveceros obtuvieron la jornada de diez horas con aumento de salario. En Pittsburg el éxito fue casi completo. En Baltimore, tres corporaciones ganaron las ocho horas: los ebanistas, letreros y los obreros en piano-órganos. En Chicago, conquista de las ocho horas sin disminución de salarios por los empleadores, carpinteros, cortadores, obreros de la construcción, mecánicos, herreros y empleados de droguería. Se logra una conquista de diez horas con aumento de salario en los carniceros, panaderos y cerveceros. En Newark son los sombrereros, cigarreros y obreros en máquinas de coser los que obtienen las ocho horas, en tanto que en Boston son los de la construcción; en Louisville los obreros del tabaco; en Saint Louis, los ebanistas, y en Washington los pintores de obras. En total 125.000 obreros obtuvieron las ocho horas el día fijado. A fin de mes serían 200.000 y 250.000 un poco más tarde, al paso que un millón más veían disminuir su jornada”.
El día después ¿qué pasó en Chicago?
El 1 y 2 de mayo, como en el resto de los centros industriales, fueron días de huelga y manifestaciones callejeras. En Chicago, las manifestaciones tenían coloridas banderas negras y rojas, identificadas con el anarquismo y el socialismo, aunque la primera corriente era predominante en la clase obrera local. Mientras tanto se había formado un Citizen’s Committee (Comité de ciudadanos) que no eran otra cosa que “respetables” burgueses y hombres de negocios pidiendo represión. La prensa, es decir, “su” prensa se hacía eco de su demanda y por ejemplo el Chicago Mail desde sus páginas “aconsejaba” que se vigile de cerca a los dirigentes anarquistas Albert Parsons y August Spies y además que se los considere “responsables de cualquier problema que ocurra. Si hay algún problema, que sirvan de escarmiento". Otro diario, el Chicago Times decía: “La prisión y los trabajos forzados son la única solución posible a la cuestión social. Hay que esperar que su uso se generalice". El aire se volvía espeso y las cartas ya estaban echadas sobre la mesa.
Mientras tanto algunas fábricas no solo se negaron a otorgar las 8 hs, sino que habían contratado carneros de ciudades vecinas para quebrar la lucha. Ante esa situación, continuaron los desfiles callejeros y las asambleas en las puertas de las fábricas, pero los enfrentamientos con la policía se hicieron cada vez más duros hasta que la sangre tocó el asfalto y ya no hubo vuelta atrás.
En la fábrica McCormick cerca de 8 mil huelguistas luchaban al mismo tiempo contra los carneros y la policía arrojando piedras y peleando cuerpo a cuerpo hasta que sonó una descarga de fusilería. La policía reprimió con plomo, asesinó a 6 obreros e hirió de gravedad a otros 50 trabajadores.
Enfurecido, August Spies que dirigía el periodico anarquista Arbeiter-Zeitung, imprimió una proclama en inglés y en alemán:
“La guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormick, los obreros fueron asesinados a balazos. ¡Su sangre clama venganza!
¿Quién puede dudar ahora de que los tigres que nos gobiernan están sedientos de sangre trabajadora?
Pero los trabajadores no son ovejas para el matadero. Responderán al Terror Blanco con el el Terror Rojo. Vale más la muerte que la miseria.
Si se fusila a trabajadores, responderemos de tal manera que nuestros amos lo recuerden por mucho tiempo.
Es la necesidad que nos hace gritar: ¡A las armas!
Ayer las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y sus padres fusilados, mientras en sus palacios los ricos llenaban sus vasos de vinos costosos y bebían a la salud de los bandidos del orden…
¡Secad vuestras lágrimas, sufrientes!
¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!”
Algunos historiadores cuentan que los editores del Arbeiter-Zeitung quisieron suavizar las partes más incendiarias (como el llamado a las armas) y a último momento llamaron a que la manifestación convocada en la plaza Haymarket para el 4 de mayo a las 19hs sea de carácter pacífico.
Alrededor de 3 mil personas se presentaron en Haymarket Square ante el llamado de los dirigentes anarquistas. Desde lo alto de un carro Spies, Parsons se dirigieron a la enorme concentración donde denunciaron la represión mortal del día anterior. Howard Zinn construye del siguiente modo lo que sucedió: “la noche del 4 de mayo y se reunieron unas tres mil personas. Fue un mitin tranquilo y, como acechaban nubes tormentosas y se hacía tarde, la muchedumbre se quedó en unos pocos cientos. Apareció un destacamento de 180 policías que avanzaron hasta la plataforma del orador y ordenaron a la muchedumbre que se dispersara. El orador dijo que el mitin casi había concluido. En ese momento explotó una bomba en medio de los policías, hiriendo a sesenta y seis de ellos y de los que más tarde murieron siete. La policía disparó a la multitud, matando a varias personas e hiriendo a doscientas”.
Lo que siguió después fue una verdadera cacería de brujas: se declaró el estado de sitio y se prohibió a la población salir de noche. Los cortejos de las víctimas obreras fueron vigilados de cerca por la policía y los mercenarios “privados” que se infiltraron buscando anarquistas para detenerlos. Se prohibieron todos los periódicos obreros y se detuvo al equipo editor completo del Arbeiter-Zeitung.
La policía, sin prueba alguna más que las declaraciones en los volantes y periódicos, comenzó a detener a los “sospechosos” anarquistas y montó un jurado en tiempo récord que se encargaría de sentenciar a muerte a los ocho dirigentes que pasarían a la historia como los mártires de Chicago.
¿Qué pasó en el juicio y que dijeron los condenados antes de pasar a la historia? Es tema de nuestra próxima y última entrega. (LID) Por Daniel Lencina
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