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Las muertes de Occidente

 Disculpe señorita –le alcancé con dos zancadas- ¿podría usted informarme cuándo Salta fue grande, que está usted tan nostálgica una mañana tan linda como la de hoy?

Enseguida me arrepentí de no haberme quedado en la superficial pero necesario vagabundeo sobre el color de los tomates y de los ceibos, y de haberme dejado interpelar por la salteñísima frase de una política local que dice que no es política y cuyo nombre no me puedo acordar y que con esas remeras mandaba hacer campaña para ser senadora nacional.

 Nunca –me respondió la señorita con una franqueza y una contradicción apabullante. ¿Pero usted prefiere la mentira de los políticos?, me cuestionó.

Me acordé de aquella anécdota el sábado pasado, cuando en vez de obedecer a mis instintos más saludables e ir a comparar las tonalidades del verde de las lechugas con el de las hojas de la gran tipa que ornamenta la feria de Vaqueros, se me ocurrió escuchar la intervención del presidente Milei en Davos, que siempre dice allí cosas tan bonitas e interesantes que todo el mundo después queda apabullado como yo después de escuchar a la señorita que hacía campaña para la ya senadora.

Y es que después de haber anunciado tan solemnemente la muerte de Maquiavelo porque -citando de memoria como suele hacer de sus austríacos y esta vez de un español-, a partir de ahora el capitalismo se identifica con la justicia y lo único justo es el capitalismo sin barreras, nuestro presidente empezó a ensalzar a un gran Occidente griego, judeo cristiano y romano defensor de la vida, la libertad y la propiedad, que el socialismo y su versión moderna el wokismo, amenazaban con derrumbar, menos mal que Trump con sus buques nucleares, Bukele con sus cárceles y él mismo con sus posteos lo han impedido.

Y yo me quedé –como aquella mañana de octubre en Vaqueros- preguntándome cuándo el Occidente griego, romano y/o judeo cristiano añorado por nuestro presidente fue grande.

Si lo fue, para poner un ejemplo ahora que acabo de leer “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo, cuando el gran Alejandro Magno descogotaba a los pueblos vecinos para crear el imperio helénico, o cuando los romanos, habiendo perfeccionado su maquinaria bélica, llevaron la libertad, el respeto por la propiedad la propiedad y la vida a Grecia, esclavizando a los griegos, incluyendo sus filósofos, matando a quienes se les opusieran y despojándolos de las obras de arte que quisieron.

O si Occidente fue grande cuando los emperadores romanos empezaron a perseguir a la secta de los cristianos y los braseaban como a San Lorenzo, o los crucificaban como San Pedro.

O si Occidente en realidad fue grande cuando siglos más tarde, ya acabado el imperio romano, los cristianos con la muy católica Isabel, defensora de la vida, la libertad y la propiedad tan claramente exhaltados en los santos evangelios -versión revisada por Trump y Milei-, arrasaron y mataron a miles de habitantes de este lado del charco, y dejaron a los que sobrevivían sin libertad y sin tierras.

Acaso, para ponerle una perspectiva aún más Argentina, todas las glorias de Occidente refulgieron en el hemisferio sur cuando unos milicos ignorantes pero asesinos, que decían defender a civilización occidental y cristiana, hicieron desaparecer a treinta mil habitantes de esta porción de América, y dejaron sin sus bienes a sus familiares, todo en nombre de la vida, la libertad y la propiedad privada tan queridas por Milei y su gurú local Benegas Lynch.

Ahora mismo me doy cuenta que la señorita de la campaña vaquereña no fue bien formada por la ahora senadora, pues muy bien podría haberme contestado –y estoy seguro que los popes de la libertad, la propiedad y la vida en Salta así lo piensan- que esta provincia fue grande aquellas décadas en que Robustiano Patrón Costas aumentaba el Producto Bruto Interno de Salta con su ingenio azucarero, con el único daño colateral de miles de aborígenes zafreros desarraigados, mal alimentados, hacinados, sino muertos ya por esas condiciones, pues sobre los surcos “los machetes subrayaban de muerte/ a cada uno”, como escribía un joven Manuel Castilla.

Pero bueno, parece que todas las lindezas de este gran Occidente griego, romano y judeocristiano comenzaron a ponerse en peligro cuando a los “socialistas” se le ocurrió la decadente idea de crear un Estado que educara gratuitamente a los habitantes de un país o curarlos, regulando y poniendo impuestos, y entorpeciendo al mercado que nunca se equivoca, como bien lo supieron –por lo menos Milei así lo piensa- Moisés, Jesucristo, Alejandro Magno, los filosófos helenistas, Julio César, Isabel la Católica, y para ponerle un tono local el mismísimo Patrón Costas que todos ellos sin distingos de ningún tipo contribuyeron a hacer grande Occidente, ponele.

Qué de meandros atraviesan el discurso de nuestro presidente. Denosta al Estado como culpable de todos los males de su mundillo Occidental y cristiano, pero nunca menciona las peores versiones históricas del Estado, que las hay por supuesto: por caso los estados totalitarios del fascismo y del nazismo, vaya usted tomando nota, el Estado de Netanyahu, provocador de miles de muertes innecesarias en Palestina y si quiere algo más local, el Estado terrorista de la Argentina, y si quiere algo actualísimo, el Estado endeudador y empobrecedor que él mismo encabeza.

Proclama que el autor de El Príncipe ha muerto, pero se hace el servil seguidor de un Trump que se cree el príncipe del mundo y desde que se levanta hasta se acuesta se preocupa por los medios para hacer la guerra, como si estuviera escuchando los consejos de un Maquiavelo más vivo que nunca.

Háganos un favor, señor presidente, deje de leer las estupideces que le escribe Laje, de exponer, de forma tan solemne su ignorancia en Davos y de generarnos vergüenza ajena.

Qué va a estar muerto Maquiavelo. Está mas recargado que nunca, ahora que los príncipes, o los que pretender serlo, parece que logran imponer la idea que la verdad ya no importa, ni en política ni en economía.

Pese a que se la pase denunciando las mentiras de los políticos, ¿escucharon ustedes alguna vez hablar a Milei del valor de la verdad?

No. Y es que la verdad no es ningún valor en la civilización occidental de Milei, tan preocupada nada mas que por la vida, la libertad y la propiedad. De allí que ni citen y ni siquieran conozcan a filósofos y filósofas, luchadoras y luchadores, periodistas, artistas, escritoras y escritores, que con su apego a la verdad, con su deseos de decir públicamente sus verdades, hicieron esta parte del mundo que usted llama “Occidente” un poco menos cruel e inhumano, llámense Safo, Hiparquía, Séneca o Giordano Bruno, y pagaron un alto precio por ello.

La lista es larguísima pero no crea que me olvido de Rodolfo Walsh, este practicante de la parresía, del valor y el coraje de decir la verdad frente a los poderosos -que tantos filósofos griegos y romanos exhaltaron-, y que denunció, a costa de su vida, una de las peores barbaries de su Occidente.

No es nada raro entonces que los libertarios propongan la derogación del estatuto del periodismo. ¿De qué valen, nos quieren interpelar, unas personas que tienen el tupé de decir que persiguen verdades, cuando en el mundo de las informaciones de este Occidente judeo cristiano sólo valen la cantidad de clicks y “me gusta” que puede obtener un artículo que, además, puede ya puede ser elaborado por la inteligencia artificial?

En este mundo soñado por Laje y difundido por el gordo Dan, los dueños de los grandes medios de comunicación –grandes benefactores de la humanidad que elevan la calidad de vida de la gente pero que los políticos se empeñan en molestar- sólo deberían medir la eficiencia de un periodista por la cantidad de likes que logran: si no se sienten conformes, deberían tener las manos más libres para echarlo, por ineficiente.

Así que la justicia que usted señor Milei ha propuesto en Davos es una justicia sin verdad: es nada más que la justicia de la eficiencia. De allí que para usted y para los escribidores de sus textos el periodismo sea nada más excrecencia del wokismo, y del socialismo, totalmente desechable en su soñado Occidente donde ya la verdad, felizmente para él y los mercados, no existe.

Señor Milei, usted en realidad quisiera anuncian la muerte de la verdad, mientras colabora, posiblemente sin saberlo, para que Maquiavelo esté más vivo que nunca.

Aquellas voces veraces, sin embargo, seguirán escuchándose mientras continúen las barbaries del Occidente que usted integra. (ensayos.com.ar) Por Andrés Gauffin

29 de enero

Enseguida me arrepentí de no haberme quedado en la superficial pero necesario vagabundeo sobre el color de los tomates y de los ceibos, y de haberme dejado interpelar por la salteñísima frase de una política local que dice que no es política y cuyo nombre no me puedo acordar y que con esas remeras mandaba hacer campaña para ser senadora nacional.

 Nunca –me respondió la señorita con una franqueza y una contradicción apabullante. ¿Pero usted prefiere la mentira de los políticos?, me cuestionó.

Me acordé de aquella anécdota el sábado pasado, cuando en vez de obedecer a mis instintos más saludables e ir a comparar las tonalidades del verde de las lechugas con el de las hojas de la gran tipa que ornamenta la feria de Vaqueros, se me ocurrió escuchar la intervención del presidente Milei en Davos, que siempre dice allí cosas tan bonitas e interesantes que todo el mundo después queda apabullado como yo después de escuchar a la señorita que hacía campaña para la ya senadora.

Y es que después de haber anunciado tan solemnemente la muerte de Maquiavelo porque -citando de memoria como suele hacer de sus austríacos y esta vez de un español-, a partir de ahora el capitalismo se identifica con la justicia y lo único justo es el capitalismo sin barreras, nuestro presidente empezó a ensalzar a un gran Occidente griego, judeo cristiano y romano defensor de la vida, la libertad y la propiedad, que el socialismo y su versión moderna el wokismo, amenazaban con derrumbar, menos mal que Trump con sus buques nucleares, Bukele con sus cárceles y él mismo con sus posteos lo han impedido.

Y yo me quedé –como aquella mañana de octubre en Vaqueros- preguntándome cuándo el Occidente griego, romano y/o judeo cristiano añorado por nuestro presidente fue grande.

Si lo fue, para poner un ejemplo ahora que acabo de leer “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo, cuando el gran Alejandro Magno descogotaba a los pueblos vecinos para crear el imperio helénico, o cuando los romanos, habiendo perfeccionado su maquinaria bélica, llevaron la libertad, el respeto por la propiedad la propiedad y la vida a Grecia, esclavizando a los griegos, incluyendo sus filósofos, matando a quienes se les opusieran y despojándolos de las obras de arte que quisieron.

O si Occidente fue grande cuando los emperadores romanos empezaron a perseguir a la secta de los cristianos y los braseaban como a San Lorenzo, o los crucificaban como San Pedro.

O si Occidente en realidad fue grande cuando siglos más tarde, ya acabado el imperio romano, los cristianos con la muy católica Isabel, defensora de la vida, la libertad y la propiedad tan claramente exhaltados en los santos evangelios -versión revisada por Trump y Milei-, arrasaron y mataron a miles de habitantes de este lado del charco, y dejaron a los que sobrevivían sin libertad y sin tierras.

Acaso, para ponerle una perspectiva aún más Argentina, todas las glorias de Occidente refulgieron en el hemisferio sur cuando unos milicos ignorantes pero asesinos, que decían defender a civilización occidental y cristiana, hicieron desaparecer a treinta mil habitantes de esta porción de América, y dejaron sin sus bienes a sus familiares, todo en nombre de la vida, la libertad y la propiedad privada tan queridas por Milei y su gurú local Benegas Lynch.

Ahora mismo me doy cuenta que la señorita de la campaña vaquereña no fue bien formada por la ahora senadora, pues muy bien podría haberme contestado –y estoy seguro que los popes de la libertad, la propiedad y la vida en Salta así lo piensan- que esta provincia fue grande aquellas décadas en que Robustiano Patrón Costas aumentaba el Producto Bruto Interno de Salta con su ingenio azucarero, con el único daño colateral de miles de aborígenes zafreros desarraigados, mal alimentados, hacinados, sino muertos ya por esas condiciones, pues sobre los surcos “los machetes subrayaban de muerte/ a cada uno”, como escribía un joven Manuel Castilla.

Pero bueno, parece que todas las lindezas de este gran Occidente griego, romano y judeocristiano comenzaron a ponerse en peligro cuando a los “socialistas” se le ocurrió la decadente idea de crear un Estado que educara gratuitamente a los habitantes de un país o curarlos, regulando y poniendo impuestos, y entorpeciendo al mercado que nunca se equivoca, como bien lo supieron –por lo menos Milei así lo piensa- Moisés, Jesucristo, Alejandro Magno, los filosófos helenistas, Julio César, Isabel la Católica, y para ponerle un tono local el mismísimo Patrón Costas que todos ellos sin distingos de ningún tipo contribuyeron a hacer grande Occidente, ponele.

Qué de meandros atraviesan el discurso de nuestro presidente. Denosta al Estado como culpable de todos los males de su mundillo Occidental y cristiano, pero nunca menciona las peores versiones históricas del Estado, que las hay por supuesto: por caso los estados totalitarios del fascismo y del nazismo, vaya usted tomando nota, el Estado de Netanyahu, provocador de miles de muertes innecesarias en Palestina y si quiere algo más local, el Estado terrorista de la Argentina, y si quiere algo actualísimo, el Estado endeudador y empobrecedor que él mismo encabeza.

Proclama que el autor de El Príncipe ha muerto, pero se hace el servil seguidor de un Trump que se cree el príncipe del mundo y desde que se levanta hasta se acuesta se preocupa por los medios para hacer la guerra, como si estuviera escuchando los consejos de un Maquiavelo más vivo que nunca.

Háganos un favor, señor presidente, deje de leer las estupideces que le escribe Laje, de exponer, de forma tan solemne su ignorancia en Davos y de generarnos vergüenza ajena.

Qué va a estar muerto Maquiavelo. Está mas recargado que nunca, ahora que los príncipes, o los que pretender serlo, parece que logran imponer la idea que la verdad ya no importa, ni en política ni en economía.

Pese a que se la pase denunciando las mentiras de los políticos, ¿escucharon ustedes alguna vez hablar a Milei del valor de la verdad?

No. Y es que la verdad no es ningún valor en la civilización occidental de Milei, tan preocupada nada mas que por la vida, la libertad y la propiedad. De allí que ni citen y ni siquieran conozcan a filósofos y filósofas, luchadoras y luchadores, periodistas, artistas, escritoras y escritores, que con su apego a la verdad, con su deseos de decir públicamente sus verdades, hicieron esta parte del mundo que usted llama “Occidente” un poco menos cruel e inhumano, llámense Safo, Hiparquía, Séneca o Giordano Bruno, y pagaron un alto precio por ello.

La lista es larguísima pero no crea que me olvido de Rodolfo Walsh, este practicante de la parresía, del valor y el coraje de decir la verdad frente a los poderosos -que tantos filósofos griegos y romanos exhaltaron-, y que denunció, a costa de su vida, una de las peores barbaries de su Occidente.

No es nada raro entonces que los libertarios propongan la derogación del estatuto del periodismo. ¿De qué valen, nos quieren interpelar, unas personas que tienen el tupé de decir que persiguen verdades, cuando en el mundo de las informaciones de este Occidente judeo cristiano sólo valen la cantidad de clicks y “me gusta” que puede obtener un artículo que, además, puede ya puede ser elaborado por la inteligencia artificial?

En este mundo soñado por Laje y difundido por el gordo Dan, los dueños de los grandes medios de comunicación –grandes benefactores de la humanidad que elevan la calidad de vida de la gente pero que los políticos se empeñan en molestar- sólo deberían medir la eficiencia de un periodista por la cantidad de likes que logran: si no se sienten conformes, deberían tener las manos más libres para echarlo, por ineficiente.

Así que la justicia que usted señor Milei ha propuesto en Davos es una justicia sin verdad: es nada más que la justicia de la eficiencia. De allí que para usted y para los escribidores de sus textos el periodismo sea nada más excrecencia del wokismo, y del socialismo, totalmente desechable en su soñado Occidente donde ya la verdad, felizmente para él y los mercados, no existe.

Señor Milei, usted en realidad quisiera anuncian la muerte de la verdad, mientras colabora, posiblemente sin saberlo, para que Maquiavelo esté más vivo que nunca.

Aquellas voces veraces, sin embargo, seguirán escuchándose mientras continúen las barbaries del Occidente que usted integra. (ensayos.com.ar) Por Andrés Gauffin

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