Marcelo Bermolén, director del Observatorio de la Calidad Institucional de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral, analiza los desempeños de cada gobierno desde el 2012, a partir de los resultados de varios indicadores de percepción de la corrupción en la gestión gubernamental, Ellos son el Índice de Percepción de la Corrupción 2025, elaborado por la ONG Transparencia Internacional y los indicadores del Estado de Derecho, a nivel global, y el factor de “ausencia de corrupción en el gobierno” de la organización World Justice Project. En todos los indicadores se verifica un claro descenso marcando hitos históricos o volviendo a niveles de hace 10 años.
A partir de estos datos comparables desde 2012, este análisis examina la evolución de los distintos ciclos presidenciales y permite observar que, lejos de consolidarse una mejora sostenida, la Argentina atraviesa una nueva fase de estancamiento e involución en su lucha contra la corrupción.
Transparencia Internacional
Cómo lo hace desde 2012, la ONG Transparencia Internacional, con sede en Berlín, difundió hoy un nuevo ranking del Índice de Percepción de la Corrupción. En ese marco, Marcelo Bermolén, director del Observatorio de la Calidad Institucional de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral, analiza sus resultados y los compara con los obtenidos en los ciclos presidenciales previos:
World Justice Project
El indicador de Transparencia Internacional no es el único que revela el deterioro de la lucha contra la corrupción en tiempos de Milei. Así el indicador a nivel global del estado de derecho de World Justice Project, muestra un descenso en la puntuación general de Argentina, obteniendo para 2025 a nivel general 0,54 versus los 0,55 del 2024 (en una escala que va de 0 a 1). Lo mismo sucede con el factor específico referido a la “ausencia de corrupción en el gobierno” que también desciende en 2025 a 0.45 versus los 0.46 alcanzados en 2024.
Análisis general
Parece sorpresivo, pero el aplazo en la materia era completamente previsible. Desde el inicio de la gestión del actual mandatario, se evidencia un deterioro de la calidad institucional, una pérdida de la transparencia, resistencia a la rendición de cuentas y una nula política de lucha contra la corrupción. A lo que se han sumado escándalos propios de corrupción -bajo investigación-, surgidos durante su administración (bastan recordar el caso Libra, el caso Andis -Spagnuolo- y el caso Espert, entre los más destacados).
El entramado de decisiones negativas vinculadas a la institucionalidad que se fuera cimentando a lo largo de su gestión incluye: restricciones al acceso a la información pública; falta de articulación, independencia y autonomía de los organismos de control; modificaciones del funcionamiento de los servicios de inteligencia con potestades discutibles y posiblemente inconstitucionales; ataques a periodistas y medios que podrían interpretarse como frenos a la libertad de expresión; retiro del Estado como querellante de múltiples causas judiciales; promoción a jueces federales cuestionados; alteración de los procedimientos previstos para el nombramiento de jueces en la Corte Suprema de Justicia; ausencia de un presupuesto nacional (2024/2025) que permita el control de gastos y facilite la rendición de cuentas, demoras en las propuestas de designación de miembros del poder judicial, la permanencia de operadores judiciales, así como retrasos inexplicables y conductas erráticas en la frustrada sanción de la ley de ficha limpia, entre otras.
Paradójicamente, el presidente Milei no ha sabido sacar provecho, para relanzar la lucha contra la corrupción, del clima creado por la confirmación de la condena a Cristina Fernández de Kirchner (primer presidente en serlo), cuya investigación judicial fuera realizada en tiempos de Mauricio Macri, defendida por el ministerio público fiscal durante la presidencia de Alberto Fernández y obtuviera condena judicial -con posterior detención domiciliaria- en tiempos de su actual gestión
Argentina sigue careciendo de una política pública anticorrupción visible, potente, perdurable y eficaz que dé respuestas de manera sistemática y transversal a un problema de esta magnitud. Evidencia de ello sigue siendo el desteñido rol de la Oficina Anticorrupción (OA), que en la práctica sigue sin dar señales de independencia, neutralidad y continuidad jurídica, constituyéndose en querellante -o dejando de hacerlo- en las causas judiciales más emblemáticas en la materia, según el color y humor político de turno y las órdenes emanadas por el poder ejecutivo.
Vale como demostración la reciente orden del gobierno impartida a la Unidad de Información Financiera (UIF) de retirarse de todas las causas judiciales en que dichos organismos se habían constituido en parte querellante por delitos cometidos en perjuicio del Estado, poniendo incluso en riesgo la continuidad de algunos procesos”.
“La Oficina Anticorrupción es una institución directamente vinculada al poder de turno y paradójicamente dependiente de quienes debería controlar, limitándose en la práctica a funcionar como una oficina de recomendaciones, muchas de las cuales faltan o llegan a destiempo. No existe un organismo independiente que pueda monitorear la corrupción gubernamental en tiempo real. Los escándalos de corrupción más importantes alumbrados durante la era Milei fueron revelados por filtraciones e investigaciones de prensa.”
“La calidad institucional ha profundizado su deterioro cumplida la primera mitad de la gestión de Javier Milei. No puede dejar de señalarse que entre las leyes prioritarias del gobierno, no existe referencia alguna a un proyecto que promueva el dictado de una nueva ley de ética pública, algo que tampoco hicieron prioritario sus predecesores Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri o Alberto Fernández. La vieja ley vigente ha demostrado ser completamente ineficiente para regular -de manera efectiva y punitiva- las conductas reprochables de los funcionarios públicos, o impedir los conflictos de intereses, o disuadir la tentación de hacer negocios con empresarios amigos. No resulta casual que estemos frente a uno de los gobiernos con mayores casos de conflictos de intereses, que abarcan áreas tan diversas como salud, minería, petróleo y gas, entre otras. En síntesis, no se ha impulsado una ley de ética pública que regule conductas y obstruya la captura del Estado por grupos poderosos con capacidad de producir normas jurídicas favorables a sus intereses”.
“El proceso de designación del Defensor del Pueblo de la Nación, máximo contralor instituido por la Constitución reformada de 1994 y que se encuentra vacante hace más de 16 años (desde 2009), ha comenzado a desarrollarse a partir de una intimación de la Corte Suprema de Justicia al Congreso de la Nación, y no porque el actual gobierno lo haya tenido entre sus prioridades.
“Entre las claves del estancamiento de la lucha contra la corrupción, bajo la nueva conducción de Milei, resaltan las restricciones impuestas a la Ley 27.275 de acceso a la información pública (y a su decreto reglamentario) establecidas por el decreto 780/2024, que incorpora numerosas excepciones al principio general de máxima publicidad, las que por su amplitud y generalidad podrían facilitar a los funcionarios incumplir con su obligación de proveer información. Esta peligrosa regulación sucede -llamativamente- en medio de un gobierno que se jacta de blandir la bandera de la desregulación. En palabras de Transparencia Internacional del IPC 2024: “Las crecientes restricciones a la información y participación pública son uno de los obstáculos más importantes en toda la región. En Argentina, un nuevo decreto definió los conceptos de información pública y privada, limitando el acceso de la gente a la información, mientras que la cantidad y calidad de las respuestas del poder ejecutivo a las solicitudes de información disminuyó”.
La responsabilidad de esta debilidad construida no es únicamente del poder ejecutivo. Cada uno de los otros poderes conlleva su peso en el resultado frustrante de la lucha contra la corrupción El parlamento argentino, con su nueva composición tiene el desafío de demostrar interés y compromiso por rescatar los temas de la transparencia, ponerlos en debate y generar nuevas normas que propicien una tarea de prevención y combate a la corrupción de forma sistémica. Por otra parte, la ausencia de información sobre buena parte de las decisiones administrativas y las disposiciones firmadas por las presidencias en ambas Cámaras, no hacen sino sumar oscurantismo. Por su parte; el poder judicial (especialmente la justicia federal) continúa con sus idas y vueltas, su morosidad, y su evidente actitud pendular. La condena a varios jueces federales por corrupción, entre ellas la acontecida recientemente contra el ex magistrado Walter Bento (cuya defensa inicial estuviera a cargo del actual Ministro de Justicia), dan un poco de oxígeno a un fuero que avanza con parsimonia a la hora de condenar a ex funcionarios, y disuadir con ello conductas similares de aquellos que detentan el poder”.
(Fuentes: Rule of Law Index World Justice Project, Estado de Derecho y Ausencia de Corrupción 2025
worldjusticeproject.org/rule-of-law-index
Argentina https://worldjusticeproject.org/rule-of-law-index/country/2025/Argentina)
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