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Convertibilidad y dolarización, más espectros de 2001 que regresan

Por si faltaban más espectros de 2001 (déficit cero, blindaje, FMI), ahora un funcionario de Donald Trump habló de convertibilidad y dolarización para resolver la crisis. ¿Está el gobierno pensando en esta alternativa?

14 de septiembre| Esteban Mercatante |

Con la implacable corrida cambiaria que viene atravesando la argentina desde hace cinco meses, empiezan a reaparecer muchos espectros de otros tiempos. El pasado miércoles, un funcionario de la administración norteamericana afirmó que la Argentina debería volver a la convertibilidad.

Se trató del director del Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca, Larry Kudlow. En una entrevista a Fox News, el funcionario sostuvo que “la única forma de salir del dilema de Argentina es establecer una junta monetaria, el peso se vincula con el dólar”. Es decir restablecer una convertibilidad como la que se aplicó en los ’90, o una variante más extrema como la dolarización, que rige en Ecuador desde el año 2000. Kudlow aseguró que el Tesoro de los Estados Unidos está “profundamente involucrado en esa discusión”.

Tanto la administración de Mauricio Macri como el Tesoro de Estados Unidos negaron estar trabajando para la adopción de un régimen de este tipo, pero la duda quedó instalada. Precedida por esta propuesta polémica, la rueda de ayer estuvo marcada por otra fuerte suba de la cotización del dólar en el país, que cerró a $ 40,22 en el promedio minorista. La suba del dólar en el país fue a contramano de lo que ocurrió en otros países ayer: la lira subió 2 % frente al dólar en Turquía; incluso en Brasil, en medio de un clima electoral caótico, el real se depreciaba pero menos que el peso argentino (1 % frente a 4 %).

Una “solución” que erra el problema La idea de que el restablecimiento de la convertibilidad, o una dolarización, podría resolver los problemas que afronta la economía argentina, parte de un falso diagnóstico. La corrida que viene sufriendo el país, no es resultado de la falta de credibilidad del peso. Ni siquiera se debe al déficit fiscal centralmente; esto lo muestra el hecho de que los esfuerzos del gobierno por introducir metas fiscales cada vez más exigentes (y de cumplimiento improbable) no traen calma a los inversores.

El problema de fondo por el cual los inversores le bajaron el pulgar a los activos del país, es precisamente el que la convertibilidad no puede resolver: un ostentoso faltante de dólares.

No se trata solamente de los dólares para pagar los vencimientos de deuda, aunque este es un monto que creció exponencialmente gracias a los USD 100 mil millones que deuda pública que emitió el tesoro en moneda extrajera desde que asumió Macri. Gracias a esto, el déficit financiero que el gobierno presupuestó para las cuentas públicas del año que viene de USD 16.500 millones (equivalente a 3,3 % del PBI), deberá saldarse en buena medida con dólares contantes y sonantes.

Pero a esto se agrega el desequilibrio de cuenta corriente (déficit de comercio exterior y de rentas, intereses, etc.). El año pasado este llegó a USD 31.324 millones, y el primer trimestre de este año (último registro del Indec) alcanzó USD 9.623 millones. Respecto del primer trimestre de 2017, esto marcaba un crecimiento de 35 %. La receta del FMI para cerrarla pasa por una megadevaluación como la de los últimos meses, que reduzca las importaciones y el turismo en el exterior, y estimule las importaciones. Hasta julio, el ajuste cambiario no había logrado mucho en este sentido: en ese mes las importaciones fueron superiores a igual mes de 2017, a pesar de que en junio sí habían disminuido significativamente. Por el lado de las ventas al exterior, en julio no habían aumentado significativamente. Por supuesto, esta foto era con un dólar que todavía estaba por debajo de $ 30, resta por ver sin con la cotización de $ 40 cambian más los resultados. En última instancia, será la magnitud de la recesión lo que determine la magnitud en que pueda llegar a reducirse este déficit.

Además de la balanza comercial y los intereses de la deuda, está la carga de la deuda externa de las empresas. El sector privado no financiero tuvo un crecimiento de su deuda con residentes del exterior de 20 % entre el primer trimestre de 2017 y el mismo período de este año, cuando alcanzó los USD 67.814.

Si a esto sumamos la fuga de capitales, tenemos la foto completa del faltante de dólares de la economía que motivó la fuga de los acreedores de los activos en pesos. De todo esto, con el adelanto de fondos del FMI que el gobierno está negociando, apenas se cubriría una parte. Quedan afuera los dólares del déficit de cuenta corriente, y los que necesite el BCRA para soportar la permanente salida de reservas que impone la dolarización de carteras. Pero además, el programa financiero presentado por el gobierno tiene otro supuesto exigente, que es una refinanciación del 100 % de las Letes, es decir USD 11 mil millones. Considerando que las últimas renovaciones, de esta semana, se lograron a una tasa del 7 % (con un porcentaje refinanciado de 69%), es decir 3 veces y media la tasa pagada seis meses atrás, resulta un supuesto excesivamente optimista.

Si el principal problema de la economía argentina es un faltante crónico de dólares, como resultado de los desequilibrios estructurales que la caracterizan, agravados por el endeudamiento desenfrenado desde que asumió Macri, resulta llamativo querer resolverlo con un esquema que tiene como condición necesaria una disponibilidad de dólares. Basta hacer un breve repaso por la historia, para comprobar cómo este grillete explica buena parte del colapso de este régimen en 2001.

Recuerdos ¿del futuro? Bajo el régimen convertible, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) tenía márgenes de acción limitados para comportarse como prestador de última instancia o para realizar operaciones de mercado abierto. La creación de dinero, la emisión de pesos, tenía que tener un respaldo rígido en moneda extranjera, es decir que estaba determinada por la cantidad de dólares que ingresaran al país por la vía del comercio exterior o de la entrada de capitales vía inversión directa, de cartera, o endeudamiento público o privado.

Por todo esto, la reversión de los flujos de capitales que se produjo con la sucesión de crisis de finales de los noventa, impactó severamente sobre la economía argentina.

Al anclar el tipo de cambio con el de la moneda norteamericana, no había otra variante, en caso de que la moneda yanqui fortaleciera su cotización en relación a otras monedas –que es lo que sucedió con la oleada de devaluaciones que siguió a la crisis asiática de 1997– que ajustar los precios por la vía de una deflación, es decir un descenso generalizado de precios. Estos ajustes sólo se logran en la economía capitalista moderna de forma tortuosa, produciendo por lo general una depresión económica. Es lo que observamos en buena parte Europa en los años que siguieron a las crisis de deuda de 2010, y lo que ocurrió en la Argentina en el fin de milenio. Son procesos que sòlo se logran, en el mejor de los casos, en tiempos largos: mientras los capitales de los países que devaluaban abaratan sus precios en dólares, los que producían en la argentina quedaban en desventaja.

La devaluación del la moneda en Brasil (enero de 1998) aceleró la presión deflacionaria en el conjunto de la industria. La tasa de rentabilidad ingresó en una fase descendente, y el deterioro de la rentabilidad fue seguido por una caída de la inversión. La Argentina entró en una severa recesión que duraría cuatro años y se convertiría en depresión.

Con el agravamiento de la crisis empeoró la situación fiscal, lo que repercutió en las tasas de interés que debía afrontar el Estado para financiarse.

Con la rentabilidad del capital afectada por el creciente atraso cambiario, un déficit fiscal que empeoraba con la recesión, el aumento del costo de endeudamiento y la acelerada salida de capitales, la presión sobre el capitalismo argentino se agravó a niveles insostenibles. En las condiciones impuestas por la convertibilidad, contaba con herramientas limitadas para enfrentarlas. Se puso en evidencia la imposibilidad de seguir sosteniendo un tipo de cambio fijo sobrevaluado.

Era el fracaso de la ilusión de la llegada al “primer mundo” con la que la clase capitalista argentina había buscado entusiasmar a las clases subalternas. Las vías para encarar la crisis desataron fuertes las pujas entre fracciones burguesas. Los sectores mayoritarios de las compañías de capital extranjero de la industria, y toda la burguesía de las finanzas y los servicios, defendían la continuidad del régimen de moneda fuerte, buscando cristalizarlo mediante la dolarización. Esto significaba profundizar la vía de ajuste deflacionario, lo que significaba un fuerte impacto para los trabajadores, pero también perjudicaba a sectores importantes de la burguesía.

Enfrentando a esta alternativa, otros sectores buscaban aprovechar la crisis para recuperar posiciones perdidas (o cedidas alegremente al capital extranjero), y desde esta perspectiva veían como funcional una salida devaluacionista. La disputa sorda se prolongó durante años, con avances y retrocesos de cada sector. Primero el menemismo en retirada, y la Alianza después, intentaron sostener las bases de la maltrecha convertibilidad. La bancarrota del proyecto de la convertibilidad y las disputas de la burguesía sobre la estrategia de salida, sólo serán saldadas por la fuerza de los hechos.

En 2001 la situación se agravó por el recrudecimiento de la situación internacional. Los escándalos corporativos norteamericanos acrecentaron la tendencia declinante de las bolsas en todo el mundo, y agravaron el problema del costo de endeudamiento para el país. El torniquete fiscal y monetario se hacía cada vez más insoportable.

Con pocos meses de diferencia se sucedieron, entre comienzos y fines de 2001, el blindaje y el megacanje de los títulos de la deuda, buscando ganar tiempo y bajar los niveles de desconfianza; el plan de ajuste de López Murphy y el Déficit cero de Cavallo, acompañado de un fallido intento de relajamiento de la convertibilidad con una canasta de monedas.

La depresión no pudo metabolizarse en los marcos del régimen convertible. Los intentos de capear con ingenierías financieras los problemas inmediatos de liquidez del sector público fracasaron. Previendo el fin de la convertibilidad, la burguesía aceleró la salvaguarda de sus activos en moneda fuerte, fugando dólares de forma acelerada, aunque los montos fugados parecen monedas en comparación con el vaciamiento actual: en todo 2001 se fugaron USD 14.977 millones, mientras que en lo que va de 2018 la salida de capitales ya alcanza USD 20 mil millones.

La salida del régimen de la convertibilidad se produjo de manera caótica. El “corralito” bancario, que frenaba la salida de depósitos para cortar con el desangramiento que sufría el sistema financiero, terminó de empujar al hundimiento de la economía. Adolfo Rodríguez Saa, brevemente al frente del país después de las jornadas del 19 y 20 de diciembre que llevaron a la caída de De la Rúa, declararía el default de la deuda pública.

Dos meses después, ya con Duhalde como presidente interino, la burguesía impondría una megadevaluación que desplomaría los costos salariales, y la pesificación asimétrica para salvar a los grupos empresarios locales, compensando a los bancos.

No sorprende entonces que prescribir la convertibilidad, como hizo Kudlow, traiga a la perspectiva presente los peores escenarios de quiebra nacional. ¿Veremos al futuro próximo repetir el pasado de vaciamiento y default, vuelva o no la paridad fija por ley con el dólar? Si se proponía traer tranquilidad (difícil saberlo) logró exactamente lo contrario.

Ellos discuten su salvataje a nuestra costa Así como el gobierno busca convencer, con el aval del FMI, que sigue siendo el indicado para manejar la economía fuera de la zona de turbulencias (autogeneradas), distintos sectores del capital financiero internacional (así como de la banca y el empresariado local) lanzan globos de ensayo para abrir el juego a otras alternativas.

Pero son distintas recetas para actuar ante un mismo diagnóstico: la quiebra del capitalismo argentino exige medidas extremas –desde el “déficit cero” hasta el retorno de una imposible convertibilidad– para cumplir con el único objetivo que todos comparten: que los acreedores puedan cobrar, y que todos los grandes capitales que aún tienen activos “hundidos” en pesos, tengan oportunidad de ponerlos a resguardo.

Frente a este plan de guerra, es necesario responder a la misma altura: con un programa de medidas que la crisis la paguen los que la generaron, empezando por el abandono del acuerdo con el FMI, el no pago de la deuda fraudulenta, y la nacionalización de la banca. Son ellos o nosotros.(LID)

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