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Una corrida que derivó en una profunda crisis política

La jornada del jueves más negro que sufrió la administración de Mauricio Macri culminó con una obtusa ratificación del rumbo por parte del Gobierno

31 de agosto| Fernando Rosso |

Al finalizar un día de múltiples reuniones en Casa Rosada, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, aseguró -visiblemente desencajado- que “este es el único rumbo, vamos por el buen camino”. También confirmó que el lunes viajará a Washington a reunirse con funcionarios del Fondo Monetario Internacional, previo anuncio de un nuevo paquete de medidas de ajuste.

Declaraciones en el mismo sentido realizaron el jefe de Gabinete, Marcos Peña, un hombre cuyo prestigio acompañó la devaluación del peso (o la superó) y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, un funcionario que gana terreno en un Gobierno en decadencia.

Fueron días en los que ninguna de las respuestas dadas a la eterna corrida contra el peso tuvo resultados: ni el silencio inicial, ni el efímero e inseguro mensaje presidencial del segundo día, ni las abstracciones de Peña del tercero lograron calmar a lo que eufemísticamente llaman los mercados.

Como conclusión lógica, comenzaron a ventilarse las internas dentro del Gobierno, un clásico de las gestiones en crisis. De un lado levanta cabeza el ala más “política” en la que se coloca al mismo Frigerio, a María Eugenia Vidal y a Horacio Rodríguez Larreta y que apunta a alguna forma de “gobierno de unidad nacional” con el peronismo; y del otro, quedaron los depreciados Marcos Peña, Gustavo Lopetegui y Mario Quintana. La inteligencia y los ojos del presidente, según afirmó él mismo allá lejos y hace tiempo, antes de que la crisis venga y tenga sus ojos.

El Gobierno corre detrás de los acontecimientos y perdió el control de la crisis económica. Una muestra patente fue el lacónico mensaje del presidente: anunció que había un acuerdo con el FMI para adelantar todos los fondos del préstamo para este año y el próximo, sin explicar nada más; luego el organismo emitió un comunicado lo suficientemente abstracto para no desmentir, pero tampoco confirmar lo asegurado por Macri, y finalmente Dujovne sale volando a EE.UU. para concretar una renegociación de un pacto quebrado por la cruda realidad de los hechos.

La tormenta perfecta sentencia que la aguda crisis económica y cambiaria derivó en una profunda crisis política gubernamental: la devaluación espantosa de la palabra presidencial, desautorizada por la inmediata escalada del dólar que casi no lo deja terminar de hablar, fue una muestra cabal y elocuente.

La base estructural de la debacle en curso está en el laberinto en el que se encuentra el Gobierno desde que se disparó la corrida en abril: la relación de fuerzas social en general y los acontecimientos de diciembre del año pasado en particular (las movilizaciones en rechazo a la contrarreforma previsional) impusieron un límite al ajuste salvaje; los “mercados” (el gran capital nacional e internacional) impugnan a Macri porque no hace “lo hay que hacer” en los ritmos y la profundidad que ellos solicitan. En el medio, la coalición oficial pierde apoyo por abajo y licua la confianza de sus aliados de arriba.

Las comparaciones son tan odiosas como inevitables, y los fatídicos años de 1989 y 2001 retornan como fantasmas a la cabeza de los analistas y a la golpeada memoria de los argentinos.

La crisis actual tiene diferencias con la de 2001 -entre muchas otras cuestiones- porque la gestión económica no está atada a la convertibilidad y no existe la dolarización como la que tenía el sistema bancario que, aunque muy relativa, no deja de ser una ventaja. Pero además, el esquema de contención social es más amplio (incluso, como conclusión estratégica de aquellos años) y pese a las devaluaciones y consecuente pérdida del poder adquisitivo, por ahora (y sólo por ahora), permite que muchas personas no se mueran de hambre, aunque cada vez se les haga más difícil vivir sin hambre.

Tiene similitudes con la crisis de 1989 cuando la estampida del dólar se trasladó a los precios internos, quebró las cadenas de pagos y derivó en la hiperinflación, aunque no necesariamente el mismo destino.

En términos políticos, hay diferencias sustanciales con ambos procesos: no existe hoy en el peronismo una figura con volumen político como Carlos Menem -que había sido elegido presidente- o con poder territorial como Eduardo Duhalde -con ascendencia en la estratégica provincia de Buenos Aires-; ambos se erigieron en gestores de las crisis y la transiciones.

En este escenario, como se encargó de resaltar Frigerio en la rotation que realizó por los medios en la tarde-noche del jueves, la única carta de fortaleza que tiene para mostrar el Gobierno es la gobernabilidad que le brinda el peronismo: el de los gobernadores que está dispuesto a avanzar en la aprobación del presupuesto y el de la dirigencia sindical que convoca a un paro dominguero para -en tiempos argentinos- dentro de un siglo (25 de septiembre).

Las sintomáticas movilizaciones y acciones que se manifiestan por abajo, como la marcha universitaria que fue masiva -pese al retorno de un clima gélido y hostil- o el paro docente en la provincia de Buenos Aires; tienen el límite que imponen las conducciones por arriba, así como que todavía no golpea con toda su magnitud la crisis en curso.

La estrategia electoral futura de “hay 2019” determina la práctica sindical, social y política presente: garantizar la gobernabilidad de Cambiemos que con la megadevaluación, las tasas que congelarán la economía y el nuevo “paquete de medidas” que prometió Dujovne para habilitar desembolsos del FMI, implican latigazos de ajuste salvaje aquí y ahora.

Los vertiginosos acontecimientos pueden cambiar en días o en horas -durante el viernes puede continuar la corrida y hasta rodar cabezas-, los agudos desequilibrios de la economía pueden patear el tablero, pese a las intenciones del Gobierno y de quienes (con diferentes discursos, pero similares prácticas) lo sostienen por acción u omisión.

Pero la dinámica es hacia un ajuste feroz para reorganizar la economía en función de que los costos lo paguen las mayorías. Con la misma radicalidad que lo plantea la derecha que pretende matar o morir en su ley, hay que imponer mediante la movilización una reorganización económica y social en beneficio de los trabajadores y los sectores populares. Todo lo demás es, de mínima capitulación y de máxima, complicidad.

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