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Sobre las declaraciones de Alberto Fernández: violencia es que millones sufran por hambre

Las declaraciones que el candidato del Frente de Todos hizo este miércoles en la provincia de Tucumán recorrieron todos los diarios y canales de televisión. Tras la jornada agitada que se vivió frente al Ministerio de Desarrollo Social, la represión de la Policía de la Ciudad contra los movimientos sociales no mereció ninguna condena por parte de Alberto Fernández. Lejos de ello, o de solidarizarse con los heridos y detenidos por el accionar policial, sus declaraciones estuvieron orientadas a quienes encabezaron la movilización: "Evitemos generar situaciones que puedan llamar a la confrontación y a la violencia".

13 de septiembre

Pero ante semejante afirmación es necesario preguntarse: ¿quiénes son los que generan violencia en Argentina?

En un país que produce alimentos para 440 millones de personas, cerca de 3,6 millones se encuentran por debajo de la línea de indigencia, es decir, no cuentan con los recursos básicos para poder vivir. El 80 % de los jubilados vive bajo la línea de pobreza. Más de la mitad de los niños y niñas que habitan en Argentina son pobres, y según los datos de la UCA el 13 % de los menores pasaron o pasan hambre. Lejos de revertirse, la dinámica de esta situación va en ascenso y así lo comprueban los últimos datos que fueron difundidos por el Indec este jueves: durante los últimos doce meses el precio de los alimentos aumentó un 58,9 %.

Como consecuencia de esta dramática situación, los comedores comunitarios se multiplican en todo el país y cada vez es mayor la cantidad de gente que asiste a ellos como único recurso para poder alimentarse.

Sin embargo, en este mismo país, los productores agropecuarios especulan todos los meses con el precio del dólar y acumulan toneladas de alimentos para luego venderlos al exterior en el momento que el negocio resulte lo más rentable posible. Así ocurrió con la devaluación posterior a las PASO, donde gracias a ella un puñado de exportadores ganó 92.000 millones de pesos extra.

Por otro lado, los bancos baten récords de ganancias en medio de la crisis, con tasas de interés por las nubes, y las privatizadas siguen amasando fortunas gracias a los tarifazos y a los favores del Gobierno. Sin ir más lejos, estos días se conoció que la Secretaría de Energía le pagó 120 millones de dólares a los empresarios Mindlin y Caputo, en concepto de deudas generadas por el congelamiento de tarifas.

A pesar de esta realidad donde tantos tienen tan poco y tan pocos tienen tanto, para Alberto Fernández un dólar a $60 resulta "razonable" mientras que el reclamo de los movimientos sociales "llama a la confrontación y a la violencia".

Frente a esta situación desesperante: ¿es posible exigirles que posterguen sus reclamos a quienes las cuatro comidas diarias les representa un lujo inalcanzable? ¿Se puede hacer este llamado rodeado por los principales cómplices del ajuste macrista como Sergio Massa y dirigentes de la CGT como Héctor Daer? ¿Acaso no es violento reclamar "prudencia" a quienes sufren hambre y después ir al lujoso Sheraton Hotel para festejar junto a parte de los dueños del país el 50° aniversario de una cámara empresaria que financió la dictadura?.

Muchos de los que reprochan la "falta de sensibilidad" del Gobierno de los CEO reperfilan sus argumentos y evitan condenar la represión ordenada por el Gobierno de Larreta, mientras le piden prudencia a los que pelean contra el hambre. Como si fuera poco, cargan sobre estos últimos la responsabilidad de "no generar situaciones que llamen a la violencia", coincidiendo con el tono derechista del discurso oficialista.

Mientras tanto, los grandes medios de comunicación encabezan una campaña reaccionaria que intenta dividir aguas y calificar a algunos movimientos como "dialoguistas" (alineados con Alberto Fernández y de buena relación con el Ministerio de Carolina Stanley) y a otros como "intransigentes", preparando el terreno para la represión a quienes no se disciplinan y pelean por sus demandas.

Declaraciones como las de Fernández sólo legitiman esa intención, ocultando la extrema y violenta desigualdad que garantiza la fiesta y los negocios de unos pocos, mientras condena a millones al hambre y la miseria.

Por Juan Manuel Astiazarán

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