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La banda del FMI al frente de la economía: flota, pero se puede hundir

El esquema de “control” cambiario pactado con el FMI en problemas. El Gobierno dinamita la economía con un combo explosivo: recesión, desocupación, pobreza e inflación. ¿Hay que pagar la deuda?

30 de septiembre| Pablo Anino |

Luego del fracaso del acuerdo concretado el 20 de junio, el nuevo pacto con el FMI tiene tres aspectos centrales.

El primero, es la ampliación del monto que presta el organismo internacional y el anticipo de los desembolsos originalmente acordados. El segundo, consiste en una modificación de la política para tratar de bajar la inflación con la aplicación del control de los agregados monetarios. El tercero, comprende un cambio en la forma de intervención del Banco Central sobre el dólar con un sistema de banda.

Guido Sandleris, el nuevo presidente del Banco Central, anunció el miércoles que el dólar flotaría entre $ 34 y $ 44. La banda se ajustará hacia arriba cada día a una tasa equivalente al 3% mensual hasta diciembre y luego se recalibrará: se trata de una devaluación en cuotas al estilo de la “tablita” de José Martínez de Hoz. Si la cotización se sale de la banda, la entidad monetaria interviene.

El dólar terminó la semana con una cotización por encima de $ 42, muy cerca de la banda superior de $ 44 que establece el nuevo esquema de “control” cambiario: uno de los puntos centrales del acuerdo nace gravemente herido.

El Banco Central podrá vender hasta U$S 150 millones diarios si la cotización de la divisa desborda las bandas. Si se compara con las subastas o intervenciones sorpresivas que hizo desde junio a esta parte el Central, ese monto es a todas luces insuficiente.

En las 66 jornadas hábiles que hubo desde el 22 de junio (momento en que ingresó el préstamo de U$S 15 mil millones del primer acuerdo con el FMI) al 25 de septiembre, el Central perdió U$S 207 millones diarios. Incluso algunos días dilapidó más de U$S 1.000 millones. En ese período se desprendió de un total de U$S 14 mil millones de reservas y el dólar mayorista pasó de $ 27 a $ 38.

Suponiendo que a fin de año no se modifica la tasa del 3% a la que sube el dólar (lo cual dependerá del nivel que alcance la inflación en diciembre), la cotización podría estar por encima de $ 60 a fin de 2019.

Pero en la situación de desorden económico actual todo cálculo futuro se realiza sobre un terreno resbaladizo. Esperar y ver.

No cierra Hasta en los detalles se observa la improvisación. Por el momento, la página web del Ministerio de Hacienda expone solo el programa financiero que surge del nuevo acuerdo.

Es difícil saber si el equipo que encabeza Nicolás Dujovne realizó un análisis integral, pero el programa económico (si es que tal cosa existe) pactado con el FMI está plagado de inconsistencias.

Por un lado, sigue la receta de otras crisis (la última de ellas en 2001) donde todo el esquema económico y presupuestario se ordena con el fin de honrar los pagos de la deuda a los especuladores mientras se conduce a la miseria a la mayoría.

Pero no entra en los cálculos el déficit externo gigantesco que tiene el país. En términos de comercio y servicios (es decir, lo que tiene que ver con el consumo de la mayoría trabajadora), el equipo económico puede tratar de equilibrarlo con una recesión profunda.

Es lo que efectivamente está haciendo: hundir la economía para importar menos bienes y reducir los viajes de argentinos al exterior. Y, como contrapartida, tratar de conseguir dólares exportando más (algo muy difícil en las actuales condiciones del mundo con incipientes guerras comerciales) y que ingresen más turistas al país.

Esto no evita que sigan saliendo dólares por fuga de capitales, la salida de inversiones de cartera del capital más especulativo y la remisión de ganancias. Estos flujos dependen de la confianza en el “plan”, un bien escaso en estas pampas. Incluso, el pago de deuda, aunque esté supuestamente garantizado por el nuevo acuerdo, supone un flujo de divisas que emigran del país.

La fuga se incrementó de U$S 13 a U$S 23 mil millones en los primeros ocho meses del año en relación a 2017. La inversión de cartera pasó de representar un ingreso de U$S 5 mil millones en los primeros ocho meses de 2017 a una salida de U$S 3 mil millones en el mismo período de 2018: aun cuando entre enero y abril de este año siguieron ingresando capitales, el desarme de carteras desde mayo es tan intenso que en el acumulado del año hay salida neta.

En síntesis: el macrismo atiende (y le puede salir mal) el problema presupuestario y el pago de la deuda, pero no tiene solucionado, ni de cerca, el déficit externo. Esto constituye una presión estructural a la suba del dólar.

Papel mojado Otra de las inconsistencias del nuevo programa es que el congelamiento de la base monetaria hasta junio (es decir, sacar de la calle billetes) para contener la inflación podría imponer una recesión tan fuerte que termine minando el programa de pagos de la deuda porque se derrumba la recaudación del estado.

Este problema es señalado por Mariano Fernández, profesor de la ultraortodoxa Universidad del Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (UCEMA), fundada en 1978. Esa universidad fue presidida por años por Carlos Rodríguez, quien elaboró y ganó prestigio con un modelo teórico vinculado con la “tablita” de José Martínez de Hoz.

En los hechos, el congelamiento de la base monetaria se venía ejecutando los últimos meses. El torniquete monetario, no obstante, no logró frenar la inflación.

Otro aspecto contradictorio subyace de la combinación de la política de bandas para el dólar en simultáneo que se intenta dejar inmóvil la base monetaria.

Este viernes el Banco Central colocó la tasa de interés de las Leliq (Letras de liquidez) en 65 %: implica una suba cinco puntos porcentuales. Se trata de un instrumento exclusivo para bancos, pero cuya tasa es una referencia que se traslada a todo el cuerpo financiero: descuento de cheques, tarjetas de crédito y préstamos. El efecto: empujar más a la recesión.

En el esquema económico hay una contradicción más flagrante todavía: el presupuesto de “déficit cero” que está en discusión en el Congreso establece un tipo de cambio de $ 40 en 2019 cuando este viernes el dólar cerró por encima de $ 42. Peor aún, la banda cambiaria puede llevar el dólar a más de $ 60 a fin del año próximo. Todo esto si funciona el plan del gobierno.

Un dólar más alto, lo sabe todo argentino de a pie, significa más inflación. No sólo eso: incrementa en términos de pesos los pagos de la deuda nominada en dólares. El presupuesto enviado al Congreso es papel mojado.

Ellos o nosotros La catástrofe económica a la que conduce el macrismo junto con el FMI (y la inestimable solidaridad del peronismo) se refleja en los números que está publicando el Indec. Son todos datos de un momento en el que todavía no había impactado plenamente la corrida cambiaria y los ajustes al presupuesto del año en curso.

La semana pasada se conoció el incremento de la desocupación a cerca del 10 % en el segundo trimestre del año, llegando a dos dígitos en los partidos del Gran Buenos Aires.

La actividad cayó 2,7 % interanual en julio. El poder de compra del salario se destruye al calor de la inflación: esta semana el Indec informó una caída del 7% interanual en el mes de julio. Esta dinámica se profundizará los próximos meses de no mediar luchas salariales. En septiembre se espera que la suba de precios se ubique entre 6 % y 7 %.

Este jueves se conocieron los datos de pobreza publicados por Indec. En el primer semestre del año se registró un 27,3 % de población pobre en los aglomerados urbanos relevados por el organismo estadístico.

Extrapolado a todo el país, se trata de 800 mil pobres más que en la última parte de 2017. Un total de más de 12 millones de personas son pobres en todo el país.

La canasta de pobreza está en alrededor de $ 20 mil. Con los $ 400 mil millones que van a los especuladores por pago de intereses de deuda en 2018 se podría dar casi $ 19 mil por mes (o $ 225 mil al año) a cada uno de los 1,8 millones de hogares pobres urbanos que registra Indec.

Es decir, que si no se paga la deuda se termina la pobreza urbana, al menos la que se mide en términos de ingreso. Claro que perdurarán los problemas de vivienda, infraestructura, educación y salud. Pero la comparación vale para dar una dimensión del costo social de pagar la deuda. El año que viene será peor: el presupuesto destina el 20 % a la deuda.

La deuda no solo es un mecanismo de dominación de las potencias imperialistas que ya se pagó varias veces: se fueron U$S 546 mil millones desde la dictadura a esta parte. No sólo es fraudulenta desde su origen: se está pagando la deuda privada del Sociedad Macri y de otras empresas que nacionalizó la dictadura y se recicló en sucesivas renegociaciones (plan Brady, plan Baker, blindaje, megacanje, canjes de 2005 y 2010, acuerdo con los buitres). No sólo es ilegal: el fallo del juez Jorge Ballestero detectó más de 400 ilícitos en su constitución. No sólo no para de crecer, sino que es impagable.

Y es impagable no sólo porque el esquema económico caótico está generando las condiciones para una cesación de pagos, sino porque la situación internacional tiene varias tormentas que superar y pueden alterar los precarios planes del oficialismo: ¿qué pasará con Brasil? ¿Cómo impactará la política de suba de tasas de la FED? ¿Y la desaceleración de la economía mundial que pronostica el FMI?

Al amor que Mauricio Macri llama a prodigar a Christine Lagarde se puede aplicar la polémica definición de José Ortega y Gasset sobre el enamoramiento como un estado de imbecilidad transitoria.

El paro de este martes mostró qué pasa cuando no trabaja la gigante clase obrera que produce todas las riquezas y no tiene nada más que perder que sus cadenas. Hay fuerza para poner fin al saqueo. (LID)

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