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La Argentina al frente del G20: la falsa ilusión de ser “líder global”

Macri asumió ayer la presidencia del foro del G20, que el país liderará hasta fines de 2018. El relato de la “vuelta al mundo” y de la Argentina “líder”.

1ro de diciembre| Esteban Mercatante |

El presidente Mauricio Macri asumió ayer la presidencia del G20. Sin poder contenerse de entusiasmo, en su discurso señaló que “estamos poniendo a la Argentina en un lugar relevante de un mundo al que le inspiramos confianza, porque ven que estamos por el camino correcto”. El mandatario consideró que “es un mundo al que vemos como una oportunidad para crecer y desarrollarnos”.

Macri también afirmó que “hay que aprovechar las oportunidades globales para incrementar el empleo, la inversión, las exportaciones, elevar la calidad de nuestra educación, de nuestra ciencia y vivir más seguros”.

¿Qué es el G20?

Este foro, integrado por 19 países más la Unión Europea, se autodefine como una instancia de “cooperación internacional”. En el marco del mismo se reúnen los líderes del poder ejecutivo de los países miembros, y además se realizan reuniones especiales de los ministros de hacienda y finanzas, autoridades de bancos centrales, e incluso realizan sus propias reuniones en el marco del G20 desde el sector empresario.

El nacimiento formal del G20 fue en Colonia del 18 de junio de 1999. Allí transcurría entonces la cumbre de líderes del G7, club bien selecto integrado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido, es decir las principales potencias imperialistas. Con el objetivo de “trabajar juntos para establecer un mecanismo informal para el dialogo entre los países sistémicamente importantes”, decidieron crear esta nueva instancia más amplia que junto a los países antes mencionados incorpora a China, India, Brasil, Corea del Sur, Rusia, Australia, México, Indonesia, Turquía, Arabia Saudita, Argentina y Sudáfrica, más la Unión Europea.

En los tiempos finales del gobierno de Menem, que alimentó la farsa de que la Argentina estaba pasando a formar parte del “primer mundo”, la inclusión del país en este club alimentaba la idea de que los líderes del país podían jugar un rol de liderazgo planetario.

Pero en el terreno en el que la Argentina era líder, era en el de la implementación “sin anestesia” (como dijera el entonces presidente) de las políticas de apertura económica y privatización de empresas de servicios públicos. La aplicación de este “combo” neoliberal transformó al país en el “mejor alumno” del FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (que sesionará en el país el próximo 8 de diciembre) y le valió el premio de su incorporación en el G20. El precio a pagar fue la profundización de los desequilibrios macroeconómicos que estas políticas magnificaron, junto con el masivo endeudamiento externo (y la fuga de capitales que era su contracara). El resultado fue la depresión económica y el colapso de diciembre de 2001.

Ahora, al país le toca presidir por primera vez una cumbre global. Esta posibilidad surge como resultado de la votación realizada en la cumbre anterior, que tuvo lugar en julio de este año en Hamburgo, Alemania. Se trata de un premio a Mauricio Macri por el retorno a la aplicación entusiasta de las políticas económicas en línea con lo que exigen los organismos multilaterales que custodian la apertura comercial y de capitales y la desregulación como el FMI y la OMC, así como los jefes de Estado de las grandes potencias.

Asociarse en la “gobernanza global”, o cómo ser un engranaje en la rueda del imperialismo

Aunque creado en 1999, el G20 tuvo su primera cumbre recién en noviembre de 2008. Fue dos años después de la quiebra de Lehman Brothers, cuando la economía global y el comercio internacional registraban la caída más severa y acelerada desde la Gran Depresión de 1929.

El impulso de esta instancia por parte de los EE. UU. apuntaba en ese momento a a incorporar a algunas economías relevantes a escala mundial o regional/continental, en la implementación de medidas conjuntas para contener la expansión de la crisis. Sobre todo, apuntaba a evitar que primaran ante la crisis medidas unilaterales (como podía ser reaseguros bancarios nacionales, ajustes cambiarios, proteccionismo) que pudieran actuar a expensas de mayor inestabilidad global. Se trataba de evitar que nadie tomara medidas unilaterales, que todos los Estados se comprometieran a mantener la apertura del comercio y de los capitales, y que nadie sacara los pies del plato del ordenamiento económico mundial que tiene al estado norteamericano (y a su moneda, el dólar) como pivote central aunque con tendencia declinante.

El G20 le otorga un cariz deliberativo, o más “democrático”, a lo que son instancias donde las potencias imperialistas marcan la agenda. Allí se discute cómo todos los países miembros cumplen sus compromisos con una agenda que no es otra que las de los grandes empresarios.

Ser miembro del G20 actúa como una presión adicional para asegurar el cumplimiento de metas de responsabilidad fiscal, limitar las políticas “proteccionistas” (es decir asegurar que las empresas imperialistas contarán con facilidades para ingresar con sus mercancías) y mantener un clima amigable para las inversiones (es decir subsidiar al capital con incentivos fiscales, flexibilizar la fuerza de trabajo y hacer la vista gorda ante los daños al medio ambiente). Encabezarlo, exige que además el país se haga responsable por el reaseguro global de las mismas. Se transforma así en un engranaje de sostén de las políticas imperialistas, es decir las que favorecen la expansión del capital trasnacional en todo el mundo y contribuyen al mejoramiento de su rentabilidad. Uno de segundo orden, pero formalmente a la cabeza de la máxima instancia “deliberativa” de la “cooperación internacional”.

Con Macri al frente del foro, el Estado Argentino se compromete a jugar un rol activo en la implementación de estas políticas, no sólo en el país (como plantea hacer con su plan de “reformismo permanente”) sino a nivel planetario, y especialmente en América Latina. Esto lo manifestó Macri cuando afirmó que “queremos ser la expresión de toda una región, no sólo de nuestro país y por eso vamos a poner en el centro del G20 las aspiraciones y preocupaciones de esta región en desarrollo, que está ansiosa por nuevas oportunidades”.

A destiempo

A pesar de las ilusiones de Macri, y de la iniciativa que viene desplegando para mostrar a la Argentina nuevamente como uno de los países más confiables para el gran capital (lo cual no trajo ninguna lluvia de inversiones como prometió Cambiemos), su presidencia del G20 podría caer en la intrascendencia.

Ocurre que el clima mundial, lejos de marcar el auge de estas instancias deliberativas multilaterales, está signado por la presidencia de Donald Trump. Con su retórica de “América primero”, manifiesta abiertamente su desdén por estas cumbres, más allá de que bajo la presión del establishment norteamericano por ahora no haya encarado grandes cambios. El último miércoles se conoció la noticia de que despedirá a su secretario de Estado, Rex Tilleron, con quien mantuvo fuertes pulseadas por la política exterior.

El clima político revuelto también golpeó en las últimas semanas a la canciller de Alemania Angela Merkel, quien fuera presentada por la prensa globalista como “la máxima líder del mundo libre” después del triunfo de Trump. Después de las últimas elecciones del pasado 24 de septiembre, afronta grandes dificultades para formar gobierno, y podría verse obligada a convocar a nuevas elecciones para evitar un gobierno fuertemente inestable.

Con algunas de las grandes potencias mirando para otro lado o con sus líderes concentrados en la política doméstica, no parece el mejor momento para jugar a “líder” del mundo.

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