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Gerentes del fracaso

“A final del segundo año estamos en un dígito, estate seguro, esto es lo más fácil. Lo más fácil que tenemos por resolver es la inflación”, dijo el candidato a Presidente Mauricio Macri en una entrevista televisiva durante su campaña de 2015. Y no era chiste. Al menos mucha gente se lo tomó en serio.

11 de junio| Daniel Satur |

Casi tres años después su funcionario en la materia, Federico Sturzenegger, hace malabares para evitar reconocer públicamente cuán lejos estará la inflación de este año (el tercero de mandato) respecto a la “meta” que se pusieron en diciembre (que a su vez ya estaba lejos del dígito prometido antaño).

Una manga de mentirosos. Eso son. Y un mentiroso con poder es, huelga decirlo, muy peligroso.

Además de decir que la inflación era lo más fácil de resolver, en campaña dijeron que su plan económico llevaría al país a tener “pobreza cero” y que se iban a “generar dos millones de puestos de trabajo en la próxima década”.

Y cuando decían todo eso, también llenaban sus discursos con términos como “sueños”, “esperanza”, “sí se puede” y otros lugarcitos comunes.

Pero Cambiemos ya está transitando la segunda mitad de su mandato y, al calor de varios traspiés, ya fue cambiando la perorata. “No hay otra alternativa”, “¿qué más se podía hacer?”, “Si fuera fácil resolverlo de otro modo lo haríamos”. Los sueños parecen trocar en pesadillas. A muchos cada vez les cuesta más conseguir un poco de esperanza (aunque digan que es lo último que se pierde). Y casi como un contagio nacionalista, el “sí se puede” ahora es una expresión de buenos deseos hasta para el mejor equipo de los últimos treinta años (el de Messi, Di María, Mascherano y compañía).

La imagen de Nicolás Dujovne en TN, a modo de simple columnista económico, con el cartelito “no volvamos al fondo” interpela cruelmente a este otro “Nico”, el ministro encargado de llevarnos al Fondo Monetario Internacional con prisa y sin pausa para, según sus propias palabras, “evitar una crisis”.

El cliché de esta última etapa macrista es que “no se puede gastar más de lo que ingresa”. Una verdadera chantada en boca de endeudadores seriales del Estado que no tocan ni un centavo de sus abultados bolsillos y mucho menos tocan los morlacos que acumula el puñado de apropiadores de la tierra, de las fábricas, de las mineras, del petróleo y del resto de los recursos, bienes y servicios.

Ahora Dujovne, el del cartelito en TN, anuncia un acuerdo con el FMI que, por el monto del préstamo, por las condiciones impuestas para otorgarlo y por las consecuencias de implementar esas condiciones, no hace más que desnudar tanto el nivel de fragilidad de la economía nacional como sobre quiénes pretenden que caigan los costos.

Y encima lo festeja con la misma euforia con la que Messi y sus amigos festejarían la obtención del campeonato en Rusia.

Euforia, precisamente, es la palabra que utilizó la noche del jueves el afilado analista político Alejandro Fantino para describir el estado de ánimo de sus “fuentes cercanas al Gobierno".

Mentira la verdad El 15 de noviembre de 2015, en medio del debate de candidatos al balotaje con Daniel Scioli, Macri dijo en reiteradas oportunidades que él no iba a ajustar. “Yo no he hablado nunca de ajustar”, dijo. Es más, aseguró que con su Gobierno Argentina iba “a la expansión, no al ajuste”.

Dos años y medio después basta que un micrófono se abra en cualquier calle de Buenos Aires, del conurbano o de alguna capital de provincia para que hombres y mujeres “comunes” expliquen con sencillez lo mal que la están pasando y lo más mal que creen que la van a pasar.

Hay quienes, incluso, antes de decir qué piensan aclaran que habían votado a Macri confiando en el supuesto “cambio”.

Así, del pudoroso “yo no lo voté” a Menem expresado por muchos a fines de los 90 se pasó a un honesto “y pensar que lo voté” a Macri. Es que los años pasan e importantes franjas del pueblo trabajador ya acumulan una larga experiencia de desengaños con el peronismo, con el radicalismo y con todas sus variantes.

El “plus” macrista en esta historia es que apenas ese grupo de “gerentes exitosos” puso un pie en la Casa Rosada se dedicó a lanzar promesas que, una a una y en muy poco tiempo, terminaron haciéndose trizas con el correr de la realidad.

Si económicamente mintieron, políticamente no se quedaron atrás. La caterva de funcionarios que se la pasaron hablando de “republicanismo” no dudaron a la hora boicotear discusiones en el Congreso (llegaron a esconderse como ratones tras los cortinados), o de legislar por decreto (hasta nombraron jueces de la Corte a sola firma) o de vetar toda ley que no se ajuste a sus necesidades (por tibia que fuera en su objetivo de aliviar el bolsillo popular).

Y encima no tienen mejor idea que “atender” a los tiros cada compleja situación social. Con el mismo aparato represivo y criminal heredado del kirchnerismo aumentan el gatillo fácil y ahora también premian a sus ejecutores. La doctrina Chocobar mata en Buenos Aires, en Tucumán, en Bariloche y en todos lados. El crimen de Estado que tuvo a Santiago Maldonado como víctima es festejado por Patricia Bullrich (que en mentiras es de quienes más ranquean) y sus secuaces como una conquista del bien contra el mal.

Y miles de pibas y pibes siguen cayendo (como desde hace muchos años) en las redes de trata y en otras tantas redes criminales manejadas por los empresarios del delito y sus socios policiales, políticos y judiciales.

Pero hay algo que está claro. Hoy Macri no puede siquiera convocar a algunos miles de fieles en una plaza de la Recoleta para anunciar sus “buenas noticias”. Su equipo es una verdadera selección nacional de gerentes del fracaso.

Los capataces Ahora bien. ¿Cómo pudieron Macri & Co llegar a este punto? ¿Cómo pudo ese grupo de despreciables CEO multifunción hacer de las suyas durante tanto tiempo llevando a la “empresa” al borde de la quiebra? Como en todo, siempre hace falta alguien que haga la segunda.

Y es así que el peronismo político (desde el “dialoguista” hasta el cocorito) junto al peronismo sindical (siempre burocrático), sabiendo del fracaso de la gerencia cambiemita y conscientes de las penurias populares que ese fracaso sistemático genera, decidieron ser dignos guardianes de la Casa Rosada.

Desde hace dos años y medio, exceptuando la ley para frenar los tarifazos (que Macri vetó en pocas horas), el peronismo se ha encargado de ser el garante de la aplicación del ajuste en todos los terrenos. Si de un lado le votaron los presupuestos a Macri, lo acompañaron con el pago a los buitres y con el robo a los jubilados, del otro intentaron (y lo siguen haciendo) aplastar la bronca popular con la promesa (zanahoria) de una revancha en 2019.

Los “capataces” saben que hoy basta una mínima convocatoria a salir a la calle (así sea a cantar el himno en el Obelisco) para que miles busquen expresar su repudio al ajuste, al Fondo, a la precariedad de la vida y a las mentiras. Por eso está muy lejos de sus planes el impulso a la movilización masiva y constante de la clase trabajadora organizada, cuya energía y predisposición a luchar está a flor de piel.

Ese interés de clase explica que, frente al fracaso de los gerentes, la “táctica” mejor practicada por los máximos exponentes del kirchnerismo sea llamarse a silencio en los momentos críticos o bien pasearse por la televisión hablando, con nostalgia, del pasado que ya no será mientras los gerentes avanzan con sus mentiras y sus crímenes.

Dicho sea de paso ¿qué propone para salir de esta penosa situación quien no fue presidente por un dos por ciento de los votos, el excandidato del proyecto nacanpop, Daniel Scioli? Solo colaboración con el Gobierno.

Las crisis enseñan. En Argentina son muchas las experiencias de trabajadoras y trabajadores que, ante las mentirosas excusas gerenciales y los anuncios de quiebra, tomaron la determinación de tomar el destino en sus manos y seguir produciendo en beneficio común. Desde la cerámica Zanon neuquina hasta la gráfica Donnelley en Garín, la lista es larga y variopinta.

Tal vez el ejemplo sirva para pensar cómo enfrentar esta crisis antes de tocar fondo. Tal vez vaya siendo hora de que los millones de trabajadoras y trabajadores de esta gran y rica “empresa” tomemos el destino en nuestras manos. Sin gerentes, sin capataces y sin burócratas.

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