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El G20 y las fracturas expuestas de un orden mundial tensionado

La Cumbre de Líderes del Grupo de los Veinte pondrá de relieve el conflicto entre Estados Unidos y China y otras tensiones que afectan a la evolución conjunta de la acumulación de capital global y del sistema internacional de Estados.

30 de noviembre

La actual coyuntura revela que la economía mundial no ha podido llevar a cabo un despegue sostenido tras la crisis económica y financiera de 2007-2009. Más allá de pronósticos que en los últimos meses han venido indicando una aceleración sincronizada a nivel global, lo cierto es que desde 2009 en adelante se aprecia un repunte modesto e inferior a los promedios históricos.

A esto se suma el agotamiento de los efectos más auspiciosos de la última revolución tecnológica (electrónico-informática) y la ausencia de su remplazo por una nueva constelación de innovaciones que revitalice las fuerzas productivas globales, en el marco de niveles de inversión débiles y una abundancia descomunal de fondos líquidos.

Ante este panorama, las inflexiones políticas que han tenido lugar en los últimos años han sido diversas: la crisis de los bipartidismos europeos, el crecimiento del nacionalismo y la xenofobia (aunque también de expresiones de izquierda), las pulsiones proteccionistas y un mayor nivel de conflictividad en las relaciones bilaterales han sido algunos de los aspectos que emergieron en un escenario internacional crecientemente complejo y tensionado.

Como no podía ser de otra manera, todos estos movimientos no fueron inocuos para la evolución del G-20. Si la propia gran recesión de hace una década y la consecuente necesidad de cooperación internacional para gestionar sus costos ubicó al Grupo en el centro de la escena, los efectos retardados de dicha crisis no hicieron más que evidenciarse en los conflictos emergentes de sus últimos cónclaves.

Así, la supuesta sutura del orden económico mundial a partir del autoproclamado “consenso de Londres” en 2009 quedó completamente olvidada, dando paso a heridas abiertas que sangraron en Hamburgo en 2017 y lo seguirán haciendo en Buenos Aires este fin de semana. En otras palabras: si la acumulación de capital a escala mundial tuvo su hundimiento hace apenas diez años, su engañosa “resolución” encuentra su expresión ahora en una crisis cada vez más evidente en el sistema internacional de estados.

La "nueva guerra fría" Así las cosas, la constante apertura de frentes de conflicto por parte de Trump emerge más como resultado que como causa de la disrupción del orden mundial. Detrás de la dinámica frenética del mandatario estadounidense, la estrategia de política exterior de su gobierno tiene una dimensión doble. Por un lado, busca reconfigurar el contenido de la división internacional del trabajo que se ha venido plasmando desde la década de 1970, que consiste en una persistente tendencia a la segmentación y dispersión de los procesos productivos a escala global. Por otro, apunta a recalibrar una estructura de poder en la que el liderazgo político y militar de EE.UU. se vio parcialmente atenuado desde inicios de este siglo por el despegue de ciertas potencias emergentes, especialmente China.

En el primero de estos planos, resulta claro que la globalización encuentra en EE.UU. y otros países desarrollados (como Japón y Alemania) a los territorios que han generado, reproducido y retenido las capacidades de innovación, diseño y comercialización de bienes y servicios. Por su parte, los países de menor desarrollo relativo han tendido a adquirir capacidades de reproducción, que les han permitido vincularse subordinadamente a las grandes potencias a partir de flujos de comercio, inversión y migraciones.

Pero en el marco de esos intercambios y apoyándose en dichas capacidades, en espacios nacionales como China se han ido generando procesos de aprendizaje tecnológico y productivo que les posibilitó desarrollar capacidades de innovación y diseño en forma parcial, por lo que han tendido a reposicionarse favorablemente en la jerarquía económica internacional.

Es éste el eje central que va a estructurar la reunión bilateral entre China y EE.UU. que tendrá lugar la noche del sábado: la disputa científico-tecnológica, parcialmente disfrazada de comercial, entre la única superpotencia planetaria y la gran potencia emergente.

El otro momento de la posible “nueva guerra fría” es el que se registra en la esfera del orden de las relaciones políticas interestatales. En lo que va del siglo XXI, la creciente multipolaridad que caracteriza a estos vínculos se ha plasmado en la constitución de espacios de fortalecimiento y proyección de poder entre las potencias emergentes, como el BRICS y la Organización para la Cooperación de Shanghái.

Más allá del limitado potencial de estas organizaciones y al hecho de que la estructura de poder al interior de las instituciones de Bretton Woods no se ha visto significativamente modificada, lo cierto es que el gobierno de Estados Unidos ve que el Estado chino ha logrado una innegable expansión de su influencia global (África y América del Sur, pero también Europa, lo muestran claramente) y que busca afirmarse con fuerza en sus costas, especialmente en las disputadas islas del Mar de China Meridional, donde EE.UU. tiene flota y aliados. Por eso la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump es un escalamiento del reequilibrio hacia Asia-Pacífico dispuesto por Obama a principios de la actual década.

En cualquier caso, los términos en que se dirimirá esta disputa resultan hoy indescifrables, aunque tras la cumbre porteña tal vez surjan algunas pistas para vislumbrar su desenvolvimiento, al menos en el corto plazo.

Otros conflictos sobre la mesa Por su parte y lejos de poder contribuir a una distensión en la relación sino-estadounidense, el resto de los asistentes al cónclave aportarán la presencia de nuevos conflictos que (con mayor o menor vinculación a esta disputa central) reflejan la delicada coyuntura que atraviesan el mundo y el Grupo. Las presencias de Arabia Saudita y Turquía ponen sobre la mesa no sólo un conflicto bilateral entre dos grandes potencias regionales por el truculento asesinato del periodista Khashoggi, sino la cada vez más tensa situación que se vive en Medio Oriente.

Sobre el dramático telón de fondo de las guerras en Siria y Yemen persisten las rivalidades históricas, pero se suman interrogantes sobre la continuidad de ciertas alianzas y la consecuente posibilidad de nuevos desequilibrios a futuro. Nos referimos a los conflictos comerciales y políticos entre Estados Unidos y Turquía y al posible acercamiento entre Arabia Saudita e Israel para confrontar a Irán, cuyos devenires tendrán repercusiones en la evolución de los precios del petróleo y en otras alianzas existentes a escala regional y global.

En tanto, los líderes de Europa Occidental llegan más maltrechos que nunca a una cumbre de estas características. Los problemas domésticos en las tres principales economías del continente son imposibles de disimular: mientras la coalición gobernante en Alemania se muestra cada vez más frágil y Merkel ya anunció su retiro de la conducción de su partido, la baja imagen positiva y las protestas contra la suba del combustible azotan al atormentado Macron del mismo modo que el laberinto del Brexit y las divisiones internas de su gobierno ponen en jaque la continuidad de Theresa May.

Naturalmente, estas realidades locales tienen un correlato a nivel comunitario: la salida de Reino Unido del bloque continental golpeará fuertemente a fracciones del capital a ambos lados del Canal de la Mancha y el pretendido eje franco-alemán que venía a revitalizar Europa tras la salida británica parece haber extinguido todo su potencial en los últimos meses. Como si esto fuera poco, el debut en la Cumbre del italiano Giuseppe Conte completa el cuadro de crisis a nivel regional, toda vez que encarna el gobierno de un país cuyas políticas fiscales expansivas están siendo resistidas en el seno de la Unión.

Con todo, tal vez la principal paradoja de esta cumbre es que, a pesar de ser locales, los líderes latinoamericanos jugarán un rol prácticamente insignificante. Esto se debe no sólo al carácter subordinado que detentan Argentina, Brasil y México en la estructura económica mundial y en las instituciones que dan soporte a las relaciones interestatales, sino también a cuestiones más coyunturales. Una de ellas (válida para el caso de Argentina y Brasil) es la reciente desactivación de la UNASUR como dispositivo subcontinental que, aunque defectuoso, había servido años atrás para ganar ciertos márgenes de acción colectiva. La otra es que dos de los jefes de Estado, Peña Nieto y Temer, son presidentes neoliberales salientes que además registran una imagen negativa muy elevada.

La incógnita es si Macri terminará compartiendo estos rasgos con sus pares, una vez que finalice su condición de entusiasta anfitrión y su gobierno tenga que seguir afrontar el recrudecimiento de la crisis económica acicateada por sus políticas de ajuste, apertura y endeudamiento externo.

Por Santiago E. Juncal

Investigador Docente UNGS - UNQ

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