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1997-2017 ¿Quiénes se olvidaron de Cabezas?

La consigna “No se olviden de Cabezas” había sido inaugurada pocos días después del crimen de José Luis, el fotógrafo de la revista Noticias y Editorial Perfil. Durante meses se repitió insistentemente. En cada noticiero, en cada editorial, en cada acto callejero.

25 de enero| Daniel Satur |

“No se olviden de Cabezas” era un pedido a la comunidad pero a su vez una necesidad de autoreafirmación. Una exigencia al Estado y a la vez un llamado a la autoconciencia. Y quienes más la agitaron y difundieron fueron, justamente, quienes hacían lo mismo que José Luis: fotografiar al poder, hacer periodismo y contar “lo que pasa”.

Pero había algo más profundo en esa consigna. Pedir públicamente que nadie se olvide de alguien era estar dando cuenta de que eso, precisamente, es una tarea que amerita ser solicitada. Parecería que por oposición, lo que menos cuesta, lo más “común”, es olvidar. Por eso pedir que no se olvidaran de José Luis Cabezas, en ese momento (1997), era al mismo tiempo pedir que no se olvidaran de todo lo que rodeaba a ese asesinato vil, abyecto, mafioso.

Víctimas y victimarios

“No se olviden de Cabezas”, el primer reportero gráfico que obtuvo una foto de Alfredo Yabrán. “No se olviden de Cabezas”, el que se apostó con su cámara en la Pinamar menemista y duhaldista para registrar las caras y los movimientos de algunos de los dueños de la Argentina. “No se olviden de Cabezas”, el trabajador de prensa que fue secuestrado, esposado, baleado y quemado en un pozo de General Madariaga, sin que los criminales tuvieran el mayor sobresalto en su empresa.

“No se olviden de Cabezas”, el fusible sacrificado cuando parte del poder empresario sintió que le habían mojado la oreja. “No se olviden de Cabezas”, porque si nos olvidamos de él nos vamos a olvidar de quiénes lo ejecutaron y de quiénes se beneficiaron con su sacrificio.

No olvidar a José Luis Cabezas era (al menos para quienes lo decían con convencimiento y conocimiento de causa) acordarse todo el tiempo de que no hay “gran empresariado” sin protección política y judicial. Y era tener presente también que la Policía Bonaerense (desde Ramón Camps a Pedro Klodczyk -y obviamente hasta hoy-) se especializa en desapariciones y asesinatos por encargo, en robos y contrabando de todo tipo y mil y un delitos complejos más. Una policía que es, sobre todo, brazo armado y guardián de una política que reparte riquezas entre pocas manos, expoliando a millones de trabajadoras y trabajadores.

No olvidar al reportero gráfico asesinado era, también, romper con una idea casi naturalizada por la ideología dominante y sus cadenas mediáticas reproductoras: la del olvido como método propicio para lograr impunidad.

No es posible soslayar que en esos años las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y los indultos, es decir las herramientas legales con las que radicales y peronistas beneficiaron a miles y miles de genocidas, estaban totalmente vigentes.

También estaba en pleno desarrollo el operativo de encubrimiento a los responsables y cómplices del atentado a la AMIA.

Y casos como los de María Soledad Morales, Walter Bulacio, Miguel Bru o Andrés Núñez (por mencionar apenas un puñado entre miles de jóvenes víctimas inocentes) demostraban, con sus matices particulares, la relación estrecha entre crimen, mafia, poder económico, policía, “justicia” e impunidad.

Verano del 97

Aquel no iba a ser un año más. Por entonces se empezaban a desmembrar las alianzas políticas burguesas que habían garantizado la aplanadora neoliberal de privatizaciones, reformas del Estado, flexibilización laboral, desocupación a mansalva y varias tragedias sociales más.

Hubo quienes empezaban a conformar la Alianza entre la UCR y el Frepaso (que a su vez era un rejunte de peronistas desencantados y centroizquierdistas sin brújula). Y hubo también quienes habían dado sus votos y sus aplausos al primer menemismo y ahora empezaban a rajar como cucarachas a la búsqueda de nuevos rincones calentitos para seguir en carrera.

De esos espantos vendrían, primero, la catástrofe delaruista. Y después, jornadas revolucionarias de diciembre de 2001 mediante, sobrevendría el duhaldokirchnerismo por más de una década. Nombres más, nombres menos, el mismo personal político que dirigió aquellos años fue el que continuó garantizando los negociados de los poderosos, sus crímenes por encargo o sus crímenes sociales por desidia y corrupción, además de la brutalidad del aparato represivo estatal con su consiguiente impunidad.

Y ese 1997 fue, también, un año visagra para las luchas del pueblo trabajador. En abril otro crimen (mucho más olvidado desde las usinas hegemónicas, incluso, que el de José Luis Cabezas) se perpetró en la Patagonia buscando acallar la pelea de docentes y trabajadores desocupados. Bajo las balas de la Policía de Neuquén, y en medio de un operativo represivo de la Gendarmería Nacional, caía en Cutral Có la joven Teresa Rodríguez. Crimen y castigo para la dura pelea del sur que no se resignaba.

Y en agosto, en medio de un paro nacional por trabajo, salario y contra los planes de hambre del peronismo, en el país hubo cientos de detenidos y heridos por la represión policial. Así, las listas de procesados por luchar empezaban a llenarse sin parar (con el tiempo llegarían a ser más de cinco mil personas). En esa jornada ninguna bala policial se cargó a nadie, y quizás por eso Menem y Duhalde no tuvieron que dar muchas explicaciones.

Ambos casos, que no fueron los únicos en aquel año, demuestran que el contexto nacional no permitía que el crimen de Cabezas pudiera ser considerado un hecho “policial” más y mucho menos era posible que algún atisbo de responsabilidad le pudiera ser adjudicada a la misma víctima por su calvario. Todo un país pareció gritar al unísono “¡No se olviden de Cabezas!”. Y eso duró largos meses. Hasta años.

Reacciones y razones

Generó mucha bronca popular Eduardo Duhalde cuando dijo “me tiraron un muerto”, como si los destinatarios finales del mensaje hubieran sido él y su ambición de suceder a Menem. Como si el crimen de un trabajador de prensa hubiera sido ejecutado para “escarmentar” a quien en verdad era una de las caras visibles de un régimen de hambre, desocupación y represión. El gobernador se basaba en el hecho de que al muerto “lo tiraron” al borde de Pinamar, su lugar de veraneo y de roscas políticas. Pero no convenció a nadie.

Y mucha más bronca generó en el pueblo trabajador la serie de noticias que fueron apareciendo desde el descubrimiento del cadáver de Cabezas. Sobre todo las que relacionaban inconfundiblemente a Alfredo Yabrán con mil y un negociados con el Estado, un ejemplo claro de “patria” empresaria engordada con las mismas prebendas y contratos con los que crecieron los Macri, los Bulgeroni, los Blaquier, los Rocca, los Noble-Magnetto y tantos otros.

Además de sacar esa foto condenatoria a Yabrán en la playa, ¿Cabezas vio o sabía algo más? Además de Yabrán, ¿había otros interesados en “escarmentar” a periodistas con poca discreción con el poder? Además de un grupo de lúmpenes reclutados por policías bonaerenses a pedido del jefe de seguridad de Yabrán, ¿quiénes participaron, de una u otra manera, del operativo criminal en Madariaga?

Las preguntas, aún hoy, se repiten entre quienes no olvidan a Cabezas. Y se complementan con otras preguntas que se hacen quienes tampoco olvidan a Teresa Rodríguez, a Víctor Choque, a las víctimas de la AMIA, a quienes cayeron en el puente de Corrientes apenas asumió De la Rúa, a Aníbal Verón, a los muertos del 19 y 20, a Kosteki y Santillán, a Julio López, a Fuentealba, a Mariano Ferreyra, a los qom de Formosa, a los sin tierra de Jujuy y a los sin casa del Parque Indoamericano. Y a tantos. Las preguntas siguen formulándose. Aunque quienes no olvidan saben muchas de las respuestas.

Amnesia que anestesia

¿Quiénes se olvidaron de José Luis Cabezas? O, mejor dicho, ¿quiénes buscaron siempre que todas y todos nos olvidemos de él? Sin dudas, quienes hicieron todo lo posible para encubrir a sus verdugos. También quienes vieron en ese crimen la posibilidad de ganarse una buena cuota de impunidad para sus otros crímenes. Por supuesto, también quienes poseen los micrófonos, las pantallas y las rotativas, esos para los que trabajan los compañeros de ruta de Cabezas. Y, huelga decirlo, quienes necesitan del olvido popular para seguir perpetuando sus dominios.

Veinte años después la familia de Cabezas sigue exigiendo una justicia “justa”, rechazando que los criminales salgan libres gracias a los favores surgidos de despachos ensombrecidos. Pero no será (nunca lo es) la mayor o menor cantidad de años que pasen tras las rejas lo que determine que los asesinos realmente “paguen” por lo hecho (y menos aún que esos crímenes sigan sucediendo).

Tampoco serán los culposos discursos de dirigentes hábiles los que permitirán al pueblo trabajador dejar de desconfiar del poder económico-político-judicial, que ante cada nuevo crimen político o social vuelve a mostrar su rostro más perverso.

Quienes quisieron que nos olvidemos de Cabezas, en gran medida, fracasaron. Porque la gran mayoría de quienes dijeron aquel verano de 1997 “¡No se olviden de Cabezas!” son los mismos que hoy siguen luchando contra las impunidades del pasado y del presente. Pero tan cierto como eso es que quienes quisieron que nos olvidemos de Cabezas no abandonaron ni el poder ni las mañas que ese poder conlleva.

Todos los condenados en el caso Cabezas (con penas de hasta reclusión perpetua) hoy están libres. El último en salir fue el excomisario de la Bonaerense Gustavo Prellezo, quien disparó dos veces a la cabeza del fotógrafo y ordenó que prendan fuego su cadáver dentro del auto de la víctima.

Será que no alcanzó con no olvidar. Será que mucho más duro que combatir el olvido es lograr darle una pelea hasta vencer a quienes hacen del olvido una táctica para mantener su dominio. Será que la justicia por José Luis Cabezas, y por todas y todos quienes cayeron a manos de las balas y las trampas de los poderosos, llegará cambiando de raíz el sistema mismo que crea, a cada instante, nuevas víctimas. Sacándole, de raíz, el poder y las riendas a los victimarios.

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Diario de la criminalización de la protesta social en Salta - Marco Diaz Muñoz

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